lunes, 10 de marzo de 2014

Bocas, el plátano y la vacación


Empecé a leer El ahogado, de Tristán Solarte, una de las novelas panameñas más ilustres, ambientada en la primera mitad del siglo XX en la época de decadencia de Isla Colón tras la crisis del banano. Nunca fui capaz de empezar un libro y terminarlo sin ruido, esto es, sin tener otras obras empezadas y simultanear textos, es así como encuentro islotes a donde arribar cuando me canso de remar lecturas muy pesadas. Digamos que ahora el cauce principal lo marca Galeano, estoy inmersa en Las venas abiertas de América Latina, pero ahí a veces me hundo y hasta me anclo, demasiados datos, demasiada realidad irritante. Necesito meter cuñas, navegar otros mares, pero hace ya días que floto en el mismo hache dos o, es decir, que las aguas se me han mezclado y la corriente de los dos libros me arrastra hacia un mismo nombre: United Fruit Co. Sí, suena a lo que es o más bien dicho fue, multinacional estadounidense (de los Estados Unidos del norte de América). 


Auge y ocaso: La United Fruit Company
Este coloso existió de principio a final del siglo XX, se dedicaba a la comercialización de gentes y frutas tropicales, banana lo que más, y como multinacional que fue adquirió un poder económico y político tal que llegó a condicionar la historia y por ende la vida de todos los países centroamericanos. Abreviando mucho y para situar el escenario al que me traslada la novela de Solarte y para que todos nos sintamos en la misma atmósfera resumiré los resultados del paso de la United Fruit Co. por el fértil caribe bocatoreño. 
Se explotan tierras para el cultivo masivo, para lo que se precisa mano de obra barata. Esto genera el arribo de antillanos y jamaiquinos a las islas, y cómo no, de esclavos negros traídos por sus señores estadounidenses (de los del norte) para trabajar en las plantaciones. La población se convierte en un crisol de razas, los primitivos pobladores, indígenas de las etnias Ngobe Bluglé, Teribe y Bokotá habitan juntos pero no revueltos con descendientes de los británicos que se instalaron en Bocas en tiempos de la invasión española (perdón el descubrimiento). Visto que Cristóbal y sus adeptos pisaron y bautizaron pero no invadieron la región, fueron ellos los ingleses, hijos de piratas y de la Gran Bretaña los que redescubrieron (perdón volvieron a invadir, saquearon y se instalaron en) el archipiélago. 
Isla Colón se ve por tanto convertida en capital multicultural del emporio del banano. La población crece y crece, digamos que ocurre eso a lo que la historia llama auge y de pronto ¡zas! el mal de Panamá, una conocida epidemia sobre las plantaciones provocada por un hongo de nombre feo. Con la epidemia viene la falta de fruta y de plata (de balboas o de dólares, lo mismo da porque claro hay paridad), por lo que no tarda en producirse el abandono de la zona por parte de la compañía, traslado hacia el Pacífico esta vez y la consiguiente y quasi despoblación de la isla. Suelos y sueños agotados, negros abusados que se quedan a sobrevivir de no se sabe bien qué porque allí trabajaron, allí parieron y un reguero de casas desvencijadas, madera que cruje. 
El archipiélago que fue refugio de piratas, los piratas del Caribe, es en la primera mitad del siglo XX morada de cocos.


Ahorita
No, no voy a continuar con la extenuante narración de los que sufren, llámense gente, fauna o tierra y son utilizados por los que escriben la historia, llámense explotadores o historiadores, voy a lo que voy, a los lugares que se pueden visitar en el archipiélago, a las playas de ensueño y a las islas frondosas, a los arrecifes y a los atardeceres y a las formas humanas de acceder a ellos. Pero no sin antes hacer una reflexión, ya saben más uno menos uno es igual a neutro, me fui al pasado, vámonos al futuro para así quedarnos en tiempo presente. Si la ciudad de Bocas ex capital de república platanera y posterior pueblo fantasma que me ha descubierto El Ahogado existió hace cincuenta años, qué será de las islas primer lugar de vacación más importante destino turístico fiestero surfero snorkelero en cincuenta años más... Yo personalmente pienso que el archipiélago es hoy lo que es porque efectivamente se vació y se descapitalizó bananeramente hablando. De haber continuado la fiebre de la United Fruit Co. de seguro sería ahora un muelle mercantilísimo, un lugar superpoblado, en consecuencia de otra manera explotado donde quizá el turista no pudiese campar tan a sus anchas, un lugar más hostil tal vez, más puerto fabril, más desfigurado. Lo que engancha de Bocas es la nostalgia que rezuman sus gentes frente al jovial ambiente en el que sin embargo se desenvuelven; no quiero decir con esto que la nostalgia sea precisamente algo que prenda pero sí que adorna y hace pensar, los negros y los indios que veo en la calle, que conducen los taxis, que construyen las casas, que me llevan en lancha o me dicen mamasita o mamasota, son personas curtidas, férreas, a las que la vida ha vuelto a dar un revés al ser vendidas sus islas a cambio, sin embargo, del propio supervivir. Ahora la United Fruit Co. exceptuando casi todas las colonialistas diferencias, se llama Turismo de Panamá, algo de lo que en honor a la verdad yo, fémina trotamundos, también me beneficio. 
 
 
Decía Solarte, pragmático e irónico que “frente a la muerte, sólo morirse cabe”, por regla de tres o más bien de dos, por suposición evidente o por simple optimismo yo diría que lo mismo se puede aplicar a la vida. Así que he aquí lo vivo, escribo desde un hostel de un lugar que ya no es Bocas (sísísí voy retrasada en la escritura pero es porque llevo muy al día eso de existir). Decía, he aquí lo vivo, a ningún muerto conozco que haya publicado un blog de viaje, así que concluyo, parafraseo y optimizo “Frente a la vida, sólo vivir cabe”.


Parque nacional Isla Bastimentos
Veinticinco dólares la barca más cinco la entrada al parque nacional y lo que cuesta un almuerzo (pescado fresco oiga, y arroz con coco, y por supuesto patacones). Eso pagué por mi primera inolvidable excursión en lancha por los alrededores de Isla Colón.
Nos vinieron a recoger en Pukalani por la mañana y nos dejaron a las cinco de la tarde rojos como langostas (confieso que aquí uso protector solar factor setenta, sí: siete cero) y exhaustos como niños, éramos una variopinta tripulación de nueve, tres norteamericanos de los de los Estados Unidos de América, un norteamericano de Canadá, un australiano, dos chicas noruegas, una holandesa y yo, con el nivel de inglés aún en el subconsciente, no en la lengua ni en el oído. Por lo que y yo que era media yo, ya que me pasé casi todo el día callada y sonriendo y asintiendo o intercambiando alguna palabrita en castellano con el señor de la barca y mirando el paisaje y sacando fotos y pensando vaya suerte que tengo de haber viajado al paraíso estando viva, así lo puedo contar. 
Nos llevaron por Boca Torito, allá en mitad del océano saltaban sonrientes delfines, reconozco que nunca había visto algo así y aunque era de bien lejos se les veía sonreir en libertad y brillar como verdaderas estrellas de parque acuático. Fuimos hasta Cayo Crawl (o Cayo Coral) y allí experimenté el mejor snorkel que hasta ahora he hecho en mi vida, bajo el agua cristalina se me presentaron esos arrecifes de impresionantes tonos morados, rojos, amarillos, verdes, de formas imposibles, albergando erizos, peces plateados que a la luz del sol eran azules, negros zainos, peces de color de abeja, que cuando alcé la cabeza hacia el barco ya todos mis compañeros de viaje estaban arriba esperando a que terminase. Al son del glupglupglup perdí la noción del tiempo, y es que ¡uy! me encontraba mejor que a ras de embarcación en ese reino submarino mecida y arrullada por el mar. Desde esa experiencia de burbujas y de colores, de silencio y de armonía acuosa decidí que si algún día me he de reencarnar en algún animal voy a tratar de ser pez o almeja o erizo, o quizá estrella. Pero bueno quien sabe, igual me toca ser mosca y sólo duro tres días o tengo una vida de mierda.

Ya después de comer en un restaurantito de madera enclavado entre la vegetación y el mar nos fuimos lancheando para Cayo Zapatillas, un islote de playas de arena blanca, agua azul turquesa y palmeras de postal de viaje de luna de miel. El sol fuerte reverberaba en la claridad de todo, calentando el agua y sobreexponiendo toda la imagen que de ese lugar de ensueño en la retina y en la cámara me guardé. Y fue pasando la tarde paseo arriba paseo abajo, baños, hablando poco, riendo, asintiendo yesyesyes, fotos cheeeeeeese. Me tumbo, duermo en la arena, me duele la espalda, ¡claro que me quemo! no hay setenta que se resista a ese sol del infierno (perdón, del paraíso).



Salvaje, irresistible y bella también me resultó la playa de Red Frog, aunque debo haber sido la única intrusa que no vio las ranas rojas que le dan nombre. Lo que sí encontré de camino al mar fueron lentos perezosos desplazándose por las ramas de altísimos árboles. Naturaleza verde, azul y amarilla. A Red Frog hay que ir en lancha, el paseo también es hermoso. Sólo hay un restaurante de madera que violenta suavecito ese paisaje, en realidad no se puede más pedir. 



Recomiendo en la misma Isla Bastimentos la visita al pueblito, tranquilo y pequeño, de casas multicolores sobre el mar. Ahí se puede adivinar cómo sería la vida cotidiana en el archipiélago de no existir el turismo. Hombres arreglando embarcaciones en los espigones de madera, multitud de chiquillería negra dando alegría a las calles, señores acartonados sentados en las puertas de sus casas, jovencitas ensoñadas meciéndose en hamacas, olor a fritanga, a frijol y a patacón. Flores, vegetación, todo mezclado con la ropa tendida, muchas prendas de niño pequeño, vida que se recicla, alguna tienda de comestibles, publicidad de Claro (compañía telefónica) pintada en alguna pared. Algún hostel, camuflado. 



Desde el mismo pueblo que en realidad es una calle paralela al mar  por la que puede transitar a lo sumo una motocicleta, se puede subir a Up on the hill, una granja orgánica en lo alto de una colina, cuyo paseo selvático resulta húmedo, verde y agradable. Pequeños placeres de la vida, un zumo de guanábana y una empanada de chaya después de haber hecho la caminata de media hora me devolvieron la energía que se me había ido en sudor. Ya de ahí se puede caminar hasta playa Wizard, cosa que no hice porque un ratito antes de subir hasta la cima cayó un chaparrón caliente de mil demonios (de los del paraíso) y el camino se anegó.






 
Isla Colón, Punta Coral y Starfish Beach (Playa de las Estrellas)
Y para terminar con Bocas, algo que no haría nunca, hay que cruzar Isla Colón de punta a punta por la única carretera que existe. Se puede hacer en bicicleta pero el calor, las cuestas y la humedad no dan tregua. En el pueblo se agarra (que no se coge) un bus que en veinte minutos transporta al otro lado del edén. Una playa paradisíaca con dos casas, prometo dos, conforman Punta Coral. Tras una caminata entre palmeras y aguas claras se llega a una playa donde los ritmos de la bachata, salsa y reggaeton hacen estallar los tímpanos, es la Playa de las Estrellas, o Starfish como anglosajonamente todos le llaman. Lo primero que veo al llegar es a dos niños sujetando en el aire una hermosa y naranja estrella de mar, camino un poco más y me horrorizo a la vez que me maravillo. No sé si a las estrellas molesta el ruido igual que a mí, pero además de la música estridente multitud de botes arriban y salen de la orilla, llevando y trayendo a turistas perezosos que no quieren hacer la caminata desde Punta Coral. Me voy al agua y lo entiendo todo, algunas estrellas en la orilla regalan chispazos anaranjados al mar cuando los rayos de sol impactan en el agua, pero al nadar hacia el escalón donde comienza el mar profundo y oscuro descubro multitud de estrellas agazapadas en la pendiente. Buscan paz, tranquilidad. Con mi snorkel y flotando como un velero, como el sueño va sobre el tiempo que diría Camarón, me paso gran parte del día allí con ellas.














8 comentarios:

  1. Estrellas en el pasado
    estrellas junto a la orilla
    estrellas para tus pies alados

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  2. Gracias Sidi, hecho mucho de menos nuestras charlas,
    Salam

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  3. Guayi...me ha encantado como has rebautizado al Fusarium oxysporum f. sp. cubense....llámese "hongo feo" para los amigos, jajajaja. Como lo escuche un botánico le da algo...que bueno !!!

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    1. Jaja Gracia!! Lo sabía...esperaba este comentario de ti o de Juanillo! quedaba demasiado técnico en el texto, además quería resumir, hongo de nombre feo porque suena fatal Fusarium oxysporum (tengo que mirar a tu comentario para escribirlo bien). Un beso guapísima

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    2. jajajaja, te confieso que a mí sacándome de mi roya y de mi oídio poco más m parecen bonitos, jajaja.
      Por cierto, las palabras que escribes trasmiten estupendamente lo que vives y sientes, pero las fotos que las acompañan son simplemente espectaculares, enhorabuena!! así podemos acompañarte sin perder detalle en tu viaje !!
      Un besacooo pa mi amiga de nombre raro, jajajaja

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  4. y por cierto para tener una vida de mierda...no hace falta ser mosca....jajajajajaja

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  5. Qué verdad más desgraciada y más grande!!

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