domingo, 28 de septiembre de 2014

In memoriam

Ay Gabo, que te fuiste y me quedé muy triste. Te fuiste a morir carajo el mismo día en que cerraba tu soledad de cien años para leer a otro grande, Vargas Llosa, el mismo día en que el avión en que volaba planeaba los Andes rumbo al Cusco y yo me arrullaba el corazón que se me había quedado pequeño y hecho bolita, al despedirme con la promesa de pronto volver de tu Colombia la bella. Allá en el Caribe, donde el Magdalena, allá donde los atardeceres son más rojos, la sierra y la jungla se mezclan con el azul del mar, allá donde los tiburones sólo salen puntuales a las cinco de la tarde... allá. ¡Ya fue!- Me dije- ya leí y releí al Gabo, no más guerras de Macondo, no más coroneles sin cartas, no más putas tristes, no más patriarcas en otoño ni muertes anunciadas, no más hojarasca ni naufragios cercanos a las costas de Cartagena, no más amores coléricos que duran toda la eternidad. ¡Ya fue!- Me dije. Y en ese avión, ya sobre los contornos del Perú abrí "La ciudad y los perros" de el de Arequipa y te despedí al literiario modo sin saber que verdaderamente te estabas yendo de esta realidad mágica que es la vida.

He regresado al Caribe, por eso es que puedo escribir ahora. Se me había atragantado todo como rollo 'e mazorca. Se me quedaron adentro, mezclados, enmarañados como pescaítos en redes de Sisihuaca, Neguanje o Bahía Concha tus letras y los paisajes, la música y la gente, el olor del mar y el sonido de los cocoteros cuando sopla la brisa, el sol encendido ocultándose en el Morro de Santa Marta, los pregones de la calle, el dulce de las frutas, el vallenato en cada estadero, en cada esquina y la alegría de vivir. ¡Cómo disfruto Colombia leyéndote! vuelvo y demoro en Cartagena paseando por el Portal de los Escribanos, viendo a Florentino Ariza escribir sus carticas de amor para novios principiantes, por el Portal de los Dulces imaginando a Fermina Daza aprovisionando la despensa de su casa frente al Parquecito de los Evangelios con cocadas, casadillas, arequipe, pan de yuca, bolas de harina, caballitos, delicias de guayaba, panelitas, "alegría alegríaaa con coco y anís, caserita cómprame a mí que vengo del barrio de Getsemaní".
Cómo me abraso en vida con la inclemencia del sol de las dos de la tarde caminando por la ciudad, solo por comprobar que es cierta esa caribeña costumbre de dejar puertas y ventanas abiertas a pesar de la canícula, ese hábito que en la casa de La Manga de Juvenal Urbino no se estiló nunca y fue por eso la casa más fresca de toda Cartagena... Observo a las familias, numerosas, por eso que en las tiendas y en los supermercados Éxito todo se vende en paquetes grandes, el arroz, los frijoles, hasta la granola, de a kilos, siempre dos por uno o tres por cinco, promociones para alimentar a verdaderos regimientos. Abuelas, niños, sentados en mecedoras de mimbre viendo televisión a través de esos hogares desentrañados, muros y suelos de tableros de ajedrez sin secretos, expuestos, donde la verdadera vida del Caribe se me revela absoluta a fogonazos, como un reportaje de fotos costumbrista, sin pretenderla, hecha imágenes vivas de lo puramente cotidiano.



Me voy al mar, me ensueño en isla Barú, pero es en Santa Marta donde me he enamorado definitivamente de esta costeña Colombia, en la ciudad más antigua de tu país, con su pasado andaluz, allá donde murió Simón Bolívar, el Libertador. Acá desde donde escribo porque regresé Gabo, y es por eso que puedo publicar ahora que han dejado de atragantárseme las emociones y comprendo un poco más a esta tierra intensa donde tu realismo mágico no resulta tan sobrenatural y donde tus textos cobran todos los sentidos posibles.

 

Santa Marta, en el departamento del Magdalena, con su bahía honda y hermosa y sus ocasos encarnados, su Sierra Nevada y su selva misteriosa, sus ríos y su mar Caribe hermano, sus samarios, sus campesinos y sus indios es un lugar al que tantos detestan como adoran, yo pertenezco al segundo grupo. Cómo continúo el gozo leyéndote aquí, buceando sin apnea en Isla de Aguja, viendo la luna llena más bruja que recuerdo camino hacia la Ciudad Perdida de los tayronas, allá en la selva alrededor de una fogata aprendiendo a masticar coca con Daniel, mi guía campesino y algunos indios koguis.Cómo le canto a la vida en ese mar de corrientes inexploradas y peligrosas de Los Ángeles, Costeño, Palomino, el mismo mar que un poco más al sur se tragó al A.R.C. Caldas y escupió cerca de Turbo a Luis Alejandro Velasco para hacerlo primero naufrago y después héroe... Santa Marta, catedral blanca, pasado colonial, días en el mar, en Rodadero, Belo Horizonte, Sierra Laguna, "pa' llá pal aeropuerto es que están las playas más solas mi amor", días soleados de colombiana amistad y conversaciones cargadas de una pragmática simpleza que siempre me reedifica el esquema mental y a veces hasta me desarma. Santa Marta, resuello y sudor en la infinidad de escaleras de Teyuna, el infierno verde, la ciudad perdida de los tayronas, Santa Marta ¡rumba! salsa y champeta en La Puerta, cuerpo con cuerpo, sudor con sudor "se prendió la rumba mami", caderas sueltas, caribbean flavours, sonrisas blancas y ritmo caliente, tropical, la vida donde está la vida, a pie de boliche, de estadero, a pie de calle. Santa Marta, limonada de cereza, helado de arequipe y maracuyá, raspao de mora, juguito de lulo en el Parque de los Novios, almuerzos corrientes con pescado fresco regados con aguitas de panela; cayeye, carimañola, arepas de huevo, arroz con camarón.

 

El ser humano siente nostalgia hasta de lo que no conoce y yo ya tenía morriña de esta tierra de la que me enamoré contigo Gabo, solo vine y regresé siguiendo el instinto a comprobar cómo era lo que ya sabía. Los rostros samarios, mezcla de indígenas, africanos y españoles, tan morenos, tan caribeños, tan lampiños me hacían emocionar al principio porque eran justo así como los había venido recreando en la lectura de tus libros, las sonrisas blancas y los ojos negros, la alegría dibujada en las facciones y un servilismo extremo "a la orden". Pero si hay algo que me ha emocionado casi más que la gente son los paisajes imposibles entre los que me encuentro, sierras pobladas de indígenas, jungla, playas mansas, playas bravas, salvajes, inmensas y los grandes ríos que se mezclan con el mar dando lugar a panoramas de una belleza descomunal.




Pero fue en Salento Gabo, allá en la zona cafetera, donde te leí con mas fruición, donde la vida empezó a dar señales el día que llegué a la finca de Gabriel, un colombiano alegre que me dijo: no parce, aquí no hay wifi, aquí se viene a descansar de esas vainas. Cómo te leía esas noches de estrellas y luna casi llena, con tanto amor febril como Florentino Ariza escribía cartas a Fermina Daza,  cómo amanecía de contenta en ese aire puro escuchando sólo pájaros y chicharras, aún embotada con el sonido arrastrado en la memoria de las palabras leídas horas antes. Cómo me agarré a ti después de dejar la bulliciosa Santa Marta, al dejar de sentir la brisa y las brasas que me refrescaron y me calentaron el corazón a partes iguales durante más de veinte días.
Un martes la luna se hizo llena y se tiñó de sangre en un eclipse mágico, yo viajaba en un bus nocturno a Bogotá y te leía insomne con toda la pena de tener un techo sobre mi cabeza que me impedía contemplar el fenómeno que hacía que la oscuridad fuese un poco más roja. No pude entonces entender el luto fastuoso que el cielo, prematuro, ya te rendía. Me alejaba cada vez más de tu Caribe, de las ciénagas, del Magdalena, de tus escenarios cotidianos tan gozados y tan descritos, me iba del Quindío donde en parte también te encontré en esos señores que a caballo se levantaban el sombrero para saludar, se componían el bigote y el poncho y afianzaban a modo de masculino respeto el puño de sus machetes, allá donde también descubri graciosa barecitos con el nombre de Macondo.
En ese avión que planeaba los Andes me fui alejando sin remedio hacia el Perú, dejando también tu universo literario paso a paso, con algo de nostalgia, con la conciencia de un pequeño duelo. Y aquí en el Cusco me hallo maestro, respirando a duras penas el aire delgado de la cordillera, boqueando como un sargo fuera del mar mientras mis compañeras de habitación duermen. Aquí me encuentro, escribiendo a oscuras esto que se me viene, rindiéndote un humilde homenaje póstumo, aliviándome también la impresión de que te hayas ido justo cuando te he dejado de leer, agradeciendo tus libros y la senda que me abrieron hasta alcanzar una especie de dicha sin limites. Y aquí estoy hoy, recordando también esas críticas de viejo verde, pervertido e inoportuno que te lanzaron cuando ya mayor te confesaste en las memorias de esas putas que hoy no pueden estar mas tristes. ¡Como si para escribir bien uno también tuviese que ser ejemplo de recato, perfecto ser vivo, impecable persona! Quien se interese por tu vida debe hacerlo para entender mejor tu obra, y es que tú artista, fuiste humano con todas las miserias de humano que todos tenemos, ¡por eso es que te has muerto carajo!


1 comentario:

  1. Un precioso y sentido homenaje...imposible no emocionarse al leerlo Guayi. Un beso

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