miércoles, 5 de agosto de 2015

Hacia la Ciudad Perdida

Sierra Nevada de Santa Marta, ruta a Ciudad Perdida

Día 1, “Donde Alfredo”
Dormí poco anoche, ensoñada, bobita, con la música de una fiesta de la "Luna llena" retumbando en estéreo en mi cabeza. Soñé despierta con pies, caderas, manos propias y ajenas, todo en movimiento, sentía el sudor de un samario bellísimo con el que bailé toda la noche aún impregnado en la piel, soñé con el tacto de su mano firme y de sus brazos ágiles al guiarme en los ritmos tropicales, al darme vuelta, al llevarme un pie aquí y otro allá. Anoche me inicié en la salsa, el currulao, la champeta... y de esas horas y de esas coreografías de a dos me quedaron el aroma a sudor limpio y moreno, el ritmo vibrante de un Caribe que sentí mío por exponerse más africano que nunca y una extraña sensación de que una puerta nueva, desconocida, se ha abierto de par en par en un lugar aún desconocido de mi espíritu.
Esta mañana desperté a las 7am, me bañé, arreglé una mochila con ropa y zapatos cómodos para caminar unos cuantos días a través de la selva y desayuné tarde y deprisa. Daniel, el guía de la excursión a la Ciudad Perdida de la Sierra Nevada de Santa Marta me recogió muy puntual a las 8am, por lo que el sandwich de huevo, mozzarella y vegetales, la papaya y el café que Armando, Wilder y Eder preparan tan juiciosos en la cocina del hostal, me quedaron indigestos durante buena parte de la mañana. Caminé con Daniel un par de cuadras hasta la calle 10 donde ya nos esperaba una docena de extranjeros que como yo parecían ansiosos al estímulo de la aventura. 
Daniel no habla inglés y el resto de la expedición no habla español, por lo que traduzco reduciendo al simple todas sus indicaciones de guía y algunos datos relevantes sobre la zona y la historia del sitio arqueológico al que en unos días de marcha esperamos arribar. Me siento feliz en este puente lingüístico porque disfruto a solas de la sabiduría de Daniel. Es un campesino bastante cultivado a pesar de que habita una parte de la Sierra Nevada de Santa Marta ciertamente aislada de otros mundos. No es joven pero es flaco, fibroso y camina como un gamo. Con sus palabras y su actitud me impregno cada vez más de su amor a la tierra y a esta Colombia selvática y fascinante que me revela poco a poco sus misterios de país encantado.
Hoy nos tocó duro. Dos horas de camino pedregoso apretados en una furgoneta después que salimos de Santa Marta para alcanzar el inicio de nuestra ruta a pie en un poblado de colonos llamado el Mamey. Cuatro horas de caminata por unas cuestas realmente empinadas, sudando cerveza y la transpiración del samario con el que bailé anoche, que de una manera se me ha quedado en la piel. Ya a pie tuve que ceder puestos en una cuesta alta a los compañeros que probablemente durmieron mejor que yo la noche pasada y bailaron menos, cuando encabezaba orgullosa la expedición. A partir de entonces compartí el ascenso escarpado por una quebradita con dos médicas holandesas que ejercen en Curaçao y están de vacaciones en Colombia, y en esa subida aprendí que en la isla donde viven se habla holandés pero también papiamento, una mezcla entre inglés, francés, portugués y holandés. Me fascinan los idiomas por lo que me anoté mentalmente algo que de todos modos no se me va a olvidar, "Curaçao: ir".
Pasamos por lugares muy lindos, montañas con vistas cada vez más lejanas de lo que parece el mar y la civilización, piscinas naturales, una cascada, pura selva, hasta arribar ya en la tarde a una especie de techados de los que penden decenas de hamacas, en las que esta noche vamos a dormir. Dos jóvenes campesinos preparan la cena a fuego muy lento en grandes ollas sobre hogueras, estoy agotada, iré pronto a mi cama indígena, mañana se toca diana a las 5am para empezar a caminar de nuevo.


Día 3 “El Paraíso”
Escribo rápido, exhausta a la luz de las velas bajo las risotadas de los compañeros de expedición que se divierten jugando cartas antes de dormir en una gran mesa de tablones que se encuentra junto a las marmitas ya vacías donde se ha preparado la cena. Escucho a Daniel y escribo, trato de no poner atención a los chicos, hablan en inglés, intento captar sólo en nuestra lengua el acento costeño de mi guía, sintetizar también todas las cosas que me ha ido contando a lo largo de las horas de caminata de estos días. Ya tengo mi historia sobre Teyuna, la Ciudad Perdida de los tayronas, el lugar escondido en la Sierra Nevada de Santa Marta que hoy por fin, tras tres días de caminatas imposibles y sudores húmedos y cansancio y picaduras de zancudos, coronamos.
Los relatos de Daniel me han formado la historia, le daré nombres, fechas reales pero la escribiré a mi modo, inventaré pasajes, pensamientos, el protagonista tendrá la fisionomía delgada de junco flexible de Daniel, su fuerza, su cara de indio, su bigote negro, sus ojos pequeños, sus pómulos altos y el mechón blanco de su pelo, este es el pequeño homenaje que le rindo. Mi guía ha hecho el trayecto de doscientos diez kilómetros de ida y vuelta desde el Mamey hasta Teyuna seiscientas ochenta veces en los últimos veinte años. Como el protagonista de mi historia tiene ocho hijos, habita en una pequeña finca en los márgenes del río Guachaca y llegó a la zona desde una provincia del interior cuando tenía siete años. A diferencia del personaje que ya he creado, sin su pasión por esta tierra, por estos montes, por las ruinas que hoy visitamos, por las etnias indígenas de la Sierra, ni un cachito del interés inmenso que hoy siento por todo lo que tiene que ver con indios, tesoros, masacres, lenguas chibchas, medicinas naturales, culturas precolombinas, se habría despertado en mí.




Día 5 “El Mamey”
Llegamos de vuelta. El caminar ha sido duro pero agradable y a pesar de las diferentes nacionalidades nuestra cuadrilla de expedicionarios ha conformado un buen grupo. Estoy exhausta pero contenta, vuelvo a Santa Marta, a los días de sol dorado, a las noches de brisa, a los ritmos caribeños y a la orilla arenosa del mar azul. La próxima semana bucearé por primera vez, voy a pasar de caminarme los nevados a nadar, a flotar las simas, de una atmósfera de aire a una atmósfera de agua, del nitrógeno y los gases nobles al hidrógeno que acompaña al O. Será el hecho de sentir conciencia de lo que se respira, será la naturaleza que me rodea o serán los descubrimientos diarios, el entusiasmo que no se quiere ir ni yo dejo que se vaya, que me siento más viva que nunca. No es el sudor de un cuerpo samario con el que dancé lo que exudo estos días, es más que agua y sal, es puro gozo.
No sé qué tiene esta tierra, percibo una energía distinta, poderosa. Puede ser que de algún modo todos los milagros de la geografía se vienen a dar aquí, la consistencia majestuosa de la cordillera, el rugido aterrador del mar que, como al hijo de mi protagonista el río, casi me succiona una mañana sin trasnoche de abril, la corriente helada de los afluentes que bajan de la sierra a desaguar al océano, la selva densa y poblada de árboles, de insectos, de aves, de bestias, de hombres... Aquí me siento también más cerca de los astros.  Menstruo con la luna, me regenero y exploto en las noches de menos luz, una simiente muere en mí y renazco, me hago nueva cuando ella crece como una niña que sabe que siempre va a ser niña otra vez. Siento mi consistencia de tierra mojada, mis estratos, mis partes dúctiles que a veces se incendian, se hacen lava, mi núcleo fuerte, férreo, mis contornos, mis huecos, mi matriz. Si pudiera arrancarme un pedazo de bien adentro husmearía de seguro un aroma a minerales en la humedad de una especie de barro, de piedra, de raíces y de musgo. Soy hija de la Pacha Mama, en mí germinarán semillas como florecen árboles de los bulbos de la tierra. El sol me abrasa a veces, me da vida y me destruye, pero lo necesito inexcusablemente para vivir. No debo ser la única que se siente así estos días, lejitos de lo urbano, de lo postizo, más cerca del origen. Ahora y sólo ahora comprendo por qué pese a que la luna llena nos acompañó y nos iluminó solamente anoche, en la ciudad de Santa Marta se celebran fiestas en honor a este astro desde hace una semana, razones comerciales existirán pero también esas visiones nocturnas de un astro amarillo que se refleja iluminando el mar oscuro y calmo en medio de la bahía más hermosa de América. 
Daniel nos hizo un regalo anoche. Celebramos la luna llena en un ritual tranquilo con los hombres koguis. A veces una mujer, por ser extranjera, tiene más licencias en esta clase de ceremonias que las propias integrantes de la etnia. En una explanada cercana a las hamacas donde pasamos la última noche se encendió una gran hoguera. La luna desde arriba como diosa en su reino negro de oscuridad brillaba mayestática en un tapiz plagado de enormes estrellas. Desde el banco de madera en el que me senté junto a Daniel visualizaba el cielo abierto en círculo a través de los espacios que la vegetación altísima dejaba libre.
Frente a nosotros, las vestimentas blancas de los koguis tornaban a veces en colores dorados por el calor naranja del abuelo fuego. Sus melenas negras abundantes, algunas sueltas, otras recogidas en coletas bajas, parecían de plata a la luz blanca de la luna. Todos tenían consigo sus bolsos llenos de hojas de coca, de vez en cuando arrimaban una piedra bien roma del tamaño de un puño al fuego, la calentaban y la metían en el bolso. Así, calentita, es que se mezcla con las hojas de coca que contienen para hacer a las hojas amarillear, madurar, a un ritmo más rápido del que marca la naturaleza. Todavía siento el sonido de la hojarasca al son con el que los indígenas movían sus bolsos. La hoja de coca verde no se mastica, necesita de ese proceso para ser realmente beneficiosa. Estos días la hemos rumiado durante las inacabables caminatas en ascenso hasta Teyuna para aliviar los dolores, pues tiene efectos anestésicos, y también para oxigenar la sangre. Así masticada o en infusión es la medicina natural más completa para los habitantes de los Andes, espina dorsal de Sudamérica, cuyo comienzo o cuyo final es precisamente este, la Sierra Nevada de Santa Marta.
Me sentía cansada después de los días de camino y las noches casi en vela dormitadas en hamaca pero esa noche sin sueño espabilada con el poder de la luna y el sabor amargo de las hojas de coca, terminé de tejer con los retazos de las conversaciones de Daniel la historia de Teyuna, la Ciudad Perdida de los tayronas que las etnias indígenas descendientes de esta cultura precolombina de la Sierra Nevada de Santa Marta lograron ocultar al hombre blanco por siglos, y que a día de hoy es considerada una de las Siete Maravillas de Colombia. Observaba a los indios tranquilos sentados junto al fuego moviendo sus bigotitos al masticar de las hojas, cebando sus poporos*, hablando en voz muy baja, riendo a veces.
- “Son seres de otro mundo Daniel”
- “¡Ajá! Definitivamente lo son mujer. Ni siquiera se consideran ciudadanos colombianos, son koguis, se rigen por su cosmovisión, conciben el tiempo y el pensamiento en espiral, veneran dizque** a la tierra, al agua, al fuego, a los astros, viven como vivían sus ancestros muchos siglos antes de que tus antepasados vinieran a- me muestra las palmas de sus manos y abre comillas con sus dedos- descubrirlos”




 * poporo: recipiente de calabazo que representa el cuerpo de la mujer, el cual contiene cal extraída de conchas marinas quemadas. Esta cal se saca con un palillo mojado en saliva y se mezcla en la boca con la hoja de coca que los indígenas de la Sierra Nevada mastican constantemente. Esta mezcla de saliva y cal ayuda a extraer los alcaloides de la hoja de coca. El poporo es de uso exclusivo para los hombres y es considerado símbolo de salvación de almas, se entrega al indígena cuando alcanza la edad adulta y el matrimonio. Es en la forma que el poporo va adquiriendo a lo largo de su vida con los restos de saliva y cal que el indígena va sacando de su boca y pegando alrededor del mismo, donde está determinado su destino y el de la comunidad.
** dizque: expresión vigente en amplias zonas hispanohablantes de América. Procede de la unión de la forma arcaica "diz",  forma abreviada  de "decir" (dice/ dicen) y la conjunción "que"