domingo, 28 de septiembre de 2014

In memoriam

Ay Gabo, que te fuiste y me quedé muy triste. Te fuiste a morir carajo el mismo día en que cerraba tu soledad de cien años para leer a otro grande, Vargas Llosa, el mismo día en que el avión en que volaba planeaba los Andes rumbo al Cusco y yo me arrullaba el corazón que se me había quedado pequeño y hecho bolita, al despedirme con la promesa de pronto volver de tu Colombia la bella. Allá en el Caribe, donde el Magdalena, allá donde los atardeceres son más rojos, la sierra y la jungla se mezclan con el azul del mar, allá donde los tiburones sólo salen puntuales a las cinco de la tarde... allá. ¡Ya fue!- Me dije- ya leí y releí al Gabo, no más guerras de Macondo, no más coroneles sin cartas, no más putas tristes, no más patriarcas en otoño ni muertes anunciadas, no más hojarasca ni naufragios cercanos a las costas de Cartagena, no más amores coléricos que duran toda la eternidad. ¡Ya fue!- Me dije. Y en ese avión, ya sobre los contornos del Perú abrí "La ciudad y los perros" de el de Arequipa y te despedí al literiario modo sin saber que verdaderamente te estabas yendo de esta realidad mágica que es la vida.

He regresado al Caribe, por eso es que puedo escribir ahora. Se me había atragantado todo como rollo 'e mazorca. Se me quedaron adentro, mezclados, enmarañados como pescaítos en redes de Sisihuaca, Neguanje o Bahía Concha tus letras y los paisajes, la música y la gente, el olor del mar y el sonido de los cocoteros cuando sopla la brisa, el sol encendido ocultándose en el Morro de Santa Marta, los pregones de la calle, el dulce de las frutas, el vallenato en cada estadero, en cada esquina y la alegría de vivir. ¡Cómo disfruto Colombia leyéndote! vuelvo y demoro en Cartagena paseando por el Portal de los Escribanos, viendo a Florentino Ariza escribir sus carticas de amor para novios principiantes, por el Portal de los Dulces imaginando a Fermina Daza aprovisionando la despensa de su casa frente al Parquecito de los Evangelios con cocadas, casadillas, arequipe, pan de yuca, bolas de harina, caballitos, delicias de guayaba, panelitas, "alegría alegríaaa con coco y anís, caserita cómprame a mí que vengo del barrio de Getsemaní".
Cómo me abraso en vida con la inclemencia del sol de las dos de la tarde caminando por la ciudad, solo por comprobar que es cierta esa caribeña costumbre de dejar puertas y ventanas abiertas a pesar de la canícula, ese hábito que en la casa de La Manga de Juvenal Urbino no se estiló nunca y fue por eso la casa más fresca de toda Cartagena... Observo a las familias, numerosas, por eso que en las tiendas y en los supermercados Éxito todo se vende en paquetes grandes, el arroz, los frijoles, hasta la granola, de a kilos, siempre dos por uno o tres por cinco, promociones para alimentar a verdaderos regimientos. Abuelas, niños, sentados en mecedoras de mimbre viendo televisión a través de esos hogares desentrañados, muros y suelos de tableros de ajedrez sin secretos, expuestos, donde la verdadera vida del Caribe se me revela absoluta a fogonazos, como un reportaje de fotos costumbrista, sin pretenderla, hecha imágenes vivas de lo puramente cotidiano.



Me voy al mar, me ensueño en isla Barú, pero es en Santa Marta donde me he enamorado definitivamente de esta costeña Colombia, en la ciudad más antigua de tu país, con su pasado andaluz, allá donde murió Simón Bolívar, el Libertador. Acá desde donde escribo porque regresé Gabo, y es por eso que puedo publicar ahora que han dejado de atragantárseme las emociones y comprendo un poco más a esta tierra intensa donde tu realismo mágico no resulta tan sobrenatural y donde tus textos cobran todos los sentidos posibles.

 

Santa Marta, en el departamento del Magdalena, con su bahía honda y hermosa y sus ocasos encarnados, su Sierra Nevada y su selva misteriosa, sus ríos y su mar Caribe hermano, sus samarios, sus campesinos y sus indios es un lugar al que tantos detestan como adoran, yo pertenezco al segundo grupo. Cómo continúo el gozo leyéndote aquí, buceando sin apnea en Isla de Aguja, viendo la luna llena más bruja que recuerdo camino hacia la Ciudad Perdida de los tayronas, allá en la selva alrededor de una fogata aprendiendo a masticar coca con Daniel, mi guía campesino y algunos indios koguis.Cómo le canto a la vida en ese mar de corrientes inexploradas y peligrosas de Los Ángeles, Costeño, Palomino, el mismo mar que un poco más al sur se tragó al A.R.C. Caldas y escupió cerca de Turbo a Luis Alejandro Velasco para hacerlo primero naufrago y después héroe... Santa Marta, catedral blanca, pasado colonial, días en el mar, en Rodadero, Belo Horizonte, Sierra Laguna, "pa' llá pal aeropuerto es que están las playas más solas mi amor", días soleados de colombiana amistad y conversaciones cargadas de una pragmática simpleza que siempre me reedifica el esquema mental y a veces hasta me desarma. Santa Marta, resuello y sudor en la infinidad de escaleras de Teyuna, el infierno verde, la ciudad perdida de los tayronas, Santa Marta ¡rumba! salsa y champeta en La Puerta, cuerpo con cuerpo, sudor con sudor "se prendió la rumba mami", caderas sueltas, caribbean flavours, sonrisas blancas y ritmo caliente, tropical, la vida donde está la vida, a pie de boliche, de estadero, a pie de calle. Santa Marta, limonada de cereza, helado de arequipe y maracuyá, raspao de mora, juguito de lulo en el Parque de los Novios, almuerzos corrientes con pescado fresco regados con aguitas de panela; cayeye, carimañola, arepas de huevo, arroz con camarón.

 

El ser humano siente nostalgia hasta de lo que no conoce y yo ya tenía morriña de esta tierra de la que me enamoré contigo Gabo, solo vine y regresé siguiendo el instinto a comprobar cómo era lo que ya sabía. Los rostros samarios, mezcla de indígenas, africanos y españoles, tan morenos, tan caribeños, tan lampiños me hacían emocionar al principio porque eran justo así como los había venido recreando en la lectura de tus libros, las sonrisas blancas y los ojos negros, la alegría dibujada en las facciones y un servilismo extremo "a la orden". Pero si hay algo que me ha emocionado casi más que la gente son los paisajes imposibles entre los que me encuentro, sierras pobladas de indígenas, jungla, playas mansas, playas bravas, salvajes, inmensas y los grandes ríos que se mezclan con el mar dando lugar a panoramas de una belleza descomunal.




Pero fue en Salento Gabo, allá en la zona cafetera, donde te leí con mas fruición, donde la vida empezó a dar señales el día que llegué a la finca de Gabriel, un colombiano alegre que me dijo: no parce, aquí no hay wifi, aquí se viene a descansar de esas vainas. Cómo te leía esas noches de estrellas y luna casi llena, con tanto amor febril como Florentino Ariza escribía cartas a Fermina Daza,  cómo amanecía de contenta en ese aire puro escuchando sólo pájaros y chicharras, aún embotada con el sonido arrastrado en la memoria de las palabras leídas horas antes. Cómo me agarré a ti después de dejar la bulliciosa Santa Marta, al dejar de sentir la brisa y las brasas que me refrescaron y me calentaron el corazón a partes iguales durante más de veinte días.
Un martes la luna se hizo llena y se tiñó de sangre en un eclipse mágico, yo viajaba en un bus nocturno a Bogotá y te leía insomne con toda la pena de tener un techo sobre mi cabeza que me impedía contemplar el fenómeno que hacía que la oscuridad fuese un poco más roja. No pude entonces entender el luto fastuoso que el cielo, prematuro, ya te rendía. Me alejaba cada vez más de tu Caribe, de las ciénagas, del Magdalena, de tus escenarios cotidianos tan gozados y tan descritos, me iba del Quindío donde en parte también te encontré en esos señores que a caballo se levantaban el sombrero para saludar, se componían el bigote y el poncho y afianzaban a modo de masculino respeto el puño de sus machetes, allá donde también descubri graciosa barecitos con el nombre de Macondo.
En ese avión que planeaba los Andes me fui alejando sin remedio hacia el Perú, dejando también tu universo literario paso a paso, con algo de nostalgia, con la conciencia de un pequeño duelo. Y aquí en el Cusco me hallo maestro, respirando a duras penas el aire delgado de la cordillera, boqueando como un sargo fuera del mar mientras mis compañeras de habitación duermen. Aquí me encuentro, escribiendo a oscuras esto que se me viene, rindiéndote un humilde homenaje póstumo, aliviándome también la impresión de que te hayas ido justo cuando te he dejado de leer, agradeciendo tus libros y la senda que me abrieron hasta alcanzar una especie de dicha sin limites. Y aquí estoy hoy, recordando también esas críticas de viejo verde, pervertido e inoportuno que te lanzaron cuando ya mayor te confesaste en las memorias de esas putas que hoy no pueden estar mas tristes. ¡Como si para escribir bien uno también tuviese que ser ejemplo de recato, perfecto ser vivo, impecable persona! Quien se interese por tu vida debe hacerlo para entender mejor tu obra, y es que tú artista, fuiste humano con todas las miserias de humano que todos tenemos, ¡por eso es que te has muerto carajo!


martes, 2 de septiembre de 2014

Kuna Yala, sorteando el Darién

Panamá y Colombia comparten la frontera más impenetrable y complicada de América Latina, el tapón del Darién, una selva densísima que funciona como barrera natural entre el centro y el sur del continente y donde la carretera Panamericana, columna vertebral de los dos hemisferios se termina. Hay diversas teorías de por qué esta ruta terrestre permanece cerrada. Razones económicas, ya que abrirla supondría una vía de comunicación y conexión barata entre personas del sur al norte y del norte al sur de las Américas, lo que podría agravar los problemas migratorios, y de transporte de mercancías; para comprender esta última razón les insto a leer de nuevo la entrada sobre el Canal de Panamá, cuya importancia en el tránsito de bienes de un hemisferio y de un océano a otro es vital y exclusivamente recaudadora. Hay razones políticas y obviamente económicas, como la presencia de guerrillas y paramilitares en la zona, lo que hace que cruzar el tapón, incluso a pie sea peligroso y poco recomendable. Y por último se arguyen razones medioambientales, ya que el Darién es una de las zonas con más biodiversidad del planeta. Sea como fuere, benditas sean por una vez las razones económicas y de política internacional que mantienen esta región selvática virgen e inexpugnable.

He visitado tantas veces Colombia a través de las páginas de mágicos libros que hablan de amor y de honor, que la jungla insondable del Darién se convirtió en mi principal escollo a la hora de cruzar la frontera real y pisar de manera auténtica el  país de García Márquez, el vallenato y el café tinto. Así que para arribar a esos parajes soñados valoré dos opciones, o bien el avión, rápido, caro y sin ningún atractivo especial, o el barco, más lento e igualmente caro.

Hace años, en uno de esos programas de españoles viajando por el mundo que tanto daño le causaban a mis ansias de conocer, vi un reportaje donde una chica del instituto donde cursé mi bachiller, que se había afincado temporalmente en Ciudad de Panamá por una beca de estudios, mostraba un archipiélago exótico y hermoso a rabiar, Guna Yala.
El reportaje me dejó impactada, primero me quedé pegada a la pantalla de la televisión porque me sorprendió ver a esa joven en aquellas latitudes, la última vez que la había visto había sido años atrás en los pasillos atestados de humo del instituto. En casa, frente al televisor medité un momento en cómo de repente se pierde la pista a esas personas que sin quererlo ni merecerlo forman parte de la rutina, hacen más rico el atrezzo de nuestras vidas, de nuestro día a día y de pronto, de una manera tan sutil como llegaron se van sin hacer daño ni ruido, suave. Se van pero se quedan ahí, como el sonido del mar redunda en las caracolas, tan insignificantes como siempre fueron en los recónditos vericuetos de la memoria, para por si un día regresa el recuerdo en forma de olor, de canción, en forma de visión real o televisiva, para hacerla a una plantear cuántos años hace desde que todo aquello sucedía y cómo el tiempo, implacable, bifurca las vidas y las cruza a su antojo o las desliga para siempre, de un tajo, como se interrumpe rotunda la Panamericana en la jungla espesa del Darién. No me volví a olvidar de aquella chica, no conozco su nombre pero poco importa, porque aquel día me prometí a mí misma que yo también, sin prisa recorrería aquel archipiélago, que yo también me abrasaría al sol bajo el mediodía eterno de aquellos mares turquesas y aquellas islas de arena blanca centelleante, y que yo también compartiría el espacio con aquellos seres que me hechizaron a través de un programa de televisión, los indios Kuna.
San Blas o Guna Yala es un archipiélago de unas 360 islas, una para cada día del año dicen sus habitantes, extendidas sobre el mar Caribe al este de Panamá. Se encuentran en la vía marítima que lleva hasta Colombia, por lo que a pesar de que el barco era una opción tan cara como el avión y mucho menos rápida decidí emprender la aventura de navegar durante cinco días, que finalmente fueron seis por otro de los lugares al que sin titubeos se puede llamar paraíso. Era, al igual que Colombia, un sueño pendiente que no imaginaba iba a llegar a realizarse tan pronto. En Ciudad de Panamá hay diversas agencias y hostales que organizan las travesías por mar desde El Porvenir, capital del archipiélago kuna hasta Cartagena de Indias, ya en la zona del Caribe Colombiano. A la vuelta de Bocas del Toro, el otro archipiélago principal destino turístico antiguo imperio bananero del país donde el escritor Tristán Ullarte ambientó su libro El Ahogado, mi único empeño en la ciudad sofocante de Panamá era encontrar un barquito que me llevase a Colombia. Demoré más días de lo previsto porque todos los trayectos estaban atestados, días previos al carnaval en los que en contra de lo sospechado, muchos turistas huyen en hordas del bullicio de Panamá City y los propios panameños se regalan el lujo de cruzar al país vecino navegando durante cinco días a través de aguas transparentes, donde “caretean” que aquí es lo mismo que hacer snorkeling pero en castellano que no aparece en el diccionario, y se asolean en islotes desiertos adormecidos por el sonido de las olas y una brisa tenaz que mece los cocoteros.

En la espera de una plaza en la embarcación que me llevaría a conocer a los kuna conseguí dar un empujón a este blog, dichosos días con wifi donde el ocio era aislarme a transcribir, pulir, poner fotos y lanzar a la red, con la sensación satisfecha de haber alumbrado, un diario de lápiz y papel. Escribía en restaurantes y cafés con aire acondicionado porque el calor en el hostel hacía sudar y gandulear hasta a las musas de mi inspiración, y en esos lugares situados en plena City asistía sin pretenderlo a conversaciones de negocios, algunas entre españoles y panameños, que aún ahora al recordar me arrancan una sonrisa porque me hacen volver desde un presente maravilloso a una vida anterior, a las fechas, a los plazos de entrega y recepción de las mercancías, a las formas de pago, a los documentos y a las tensiones que hacían alargar los días hasta romperlos casi a base de trabajo y recortar las noches hasta dejarlas sin horas apenas para dormir, que hacían apretar los dientes y el culo a una silla para resolver los problemas y cuantificar las ganancias de otros por los que yo además pagaba con dosis de mi buena vista, que claro está ya no es tan buena, de mi juventud y hasta de mi alegría. Eso sí, también por eso cobraba en dinero.
Conseguí mi pase a bordo aunque, me advirtieron al contratarlo, con varias salvedades. Cruzaría la frontera colombiana pero no llegaría vía marítima hasta Cartagena de Indias, mi viaje terminaría en un pueblito enclavado entre la selva del Darién y el mar, Capurganá, que en lengua kuna significa "tierra de ají". La otra diferencia en cuanto a las travesías más frecuentes es que la embarcación donde iba a navegar era un velero pequeño con capacidad para ocho personas, en vez de un gran catamarán donde además de los pasajeros y el capitán viaja un staff de cocineros y personal, altavoces y duchas al servicio del viajero, que claro está es el que paga. Había dos cosas más que no me contaron y que descubrí el mismo día que embarqué cuando una furgoneta vino a recogerme al hostel de la madrugada y es que era la primera ruta a través del archipiélago para nuestro canadiense capitán, nada de nativo panameño, mucho menos indio kuna, y que los demás tripulantes de la embarcación eran puro hombres. Me lo advirtió al verme salir del hostel Ian, el capitán, que sabía que yo no sabía, antes de subir a la camioneta. Le miré a los ojos azules, un muy buen hombre. Asomé la cabeza al vehículo para inspeccionar a mis compañeros de travesía, algunos dormían como bebés. Subí.
Hay dos frases que llevo grabadas a fuego desde que tengo uso de razón porque las aprendí en casa, las asimilé como el hablar a base de reiteración y que son emblemas, el leitmotiv de la persona que hoy soy, "el saber no ocupa lugar" y "la primera intención es la que vale". Decidí sin pensar, hay quien a eso le llamaría buena vibra, corazonada, otros simplemente dirían que fue la intuición. Sentada ya en la camioneta reflexioné en que no había pagado mi crucero y en que aún podía recular. Sin embargo no lo hice y sin haber augurado ni por asomo la magnífica experiencia que el destino me iba a regalar me compuse para el largo viaje, cinturón de seguridad, una pastilla contra el mareo y la ilusión intacta de esos días en los que aprendía a vivir y a hablar.

Tras un zigzagueante camino en carretera, donde ya entramos en territorio Guna Yala llegamos a Cartí, el primer puerto en el que iniciaremos nuestro recorrido.

A la orilla de un río varios grupos esperan para cruzar, un nativo anciano llamado Gustavio nos indica subir a un cayuco de madera en el que seguimos hacia el mar a través de una maleza espesa que inunda el cauce en sus dos orillas. En la desembocadura embarcaremos por fin en nuestro velero rumbo a El Porvenir, la capital del archipiélago donde se llevan a cabo los trámites aduaneros y que sorprendentemente alberga el Museo de la Nación Kuna y hasta su propio aeropuerto.

Guna Yala es un estado independiente dentro de la República de Panamá, gobernada de manera autónoma por los caciques indígenas mediante el Congreso General Kuna, creado en 1953. Es el mismo pueblo kuna quien mantiene la propiedad de sus tierras y las explota, razón por la que no existen hoteles en el hermoso archipiélago.

La región se llamó San Blas hasta 1998 que pasó a designarse por su nombre nativo, Kuna Yala, años más tarde se adoptó el término Guna Yala, puesto que en realidad el sonido k no existe en la lengua de los aborígenes; aún así muchos de los propios kunas son contrarios a utilizar el nuevo apelativo. Es mediodía cuando arribamos a otra islita poblada, donde comemos un almuerzo de 9$ (algo caro para la calidad) a base de pollo, arroz y patacones, paseamos por las escasas calles de un poblado, compramos unas langostas para cenar en el barco y jugueteamos con los niños que bajo el sol inclemente del mediodía corretean a nuestro alrededor haciendo bromas a Natsuky, un tripulante nipón, por alguna razón que desconocemos les resultan realmente graciosos sus japoneses rasgos. Ahí tenemos el primer desencuentro con los adultos kuna, no se dejan fotografiar si no es por un par de dólares y resultan realmente huraños en el trato. Entiendo que están cansados de que su paraíso sea difamado por montones de extranjeros que con cámara en mano pretenden inmortalizar lo que es su día a día, pero en realidad el modo de subsistir de este pueblo hoy por hoy es el turismo, a pesar de que es una cultura autárquica cuya dieta consiste en pescado, marisco, plátano y coco básicamente. El pueblo Kuna es un pueblo fuerte que ha mantenido su idiosincrasia y su cultura a base de determinación y derramamiento de sangre. En sus conquistados orígenes perteneció a Colombia, quien la reconocía como demarcación independente, pero a principios del siglo XX ésta perdió la jurisdicción sobre el archipiélago a manos de Panamá, lo que provocó la pérdida de los derechos reconocidos a los indígenas. La comarca dejó de ser comarca y comenzaron las presiones para “panamenizar” a la población, llegaron también las concesiones bananeras, antiguas conocidas de estas páginas, y con ello los abusos policiales. Esta situación provocó la Revolución Kuna de 1925, donde se produjeron sangrientos enfrentamientos.
 
Da que pensar lo relativo que se vuelve todo cuando uno emprende la apasionante tarea de viajar por el disfrute de conocer. La bandera de la Revolución Kuna es enarbolada en muchas de las lanchas que los indios utilizan para desplazarse en su territorio de agua salpicada de terruños, y es similar a la esvástica que portaban los Nazis en la Segunda Guerra Mundial. Esto es algo que con fundamento nos sigue horrorizado a los occidentales, aunque no deja de ser un símbolo frente a los conflictos contemporáneos, matanzas de civiles, llámese Palestina, Siria, Iraq, Venezuela, Sudán o Mali, que nos horrorizan por igual o a veces incluso menos que la visión de un simple trozo de tela. Nada más lejos de la realidad, el símbolo de la Revolución que nos atañe representa un pulpo.
Al cese del conflicto, el gobierno panameño se comprometió a proteger las costumbres kunas y expulsar a la policía nacional de la región a cambio de que éstos aceptasen el sistema oficial de educación en las islas. Es comprensible la actitud hacia lo que para los kunas es su fuente de ingresos, ya que a pesar de ser una fuerza frente a país al que pertenecen, supone también una amenaza constante, tanto para la forma de vida propiamente dicha de la etnia como para el medio privilegiado que habitan. El indio Gustavio nos explicó que los ancianos kunas temen a que en el futuro próximo las generaciones más jóvenes comiencen a vender sus propiedades a los extranjeros para la explotación turística, razón que explica la animadversión que acusamos durante toda la travesía. Vayan mis respetos hacia el pueblo kuna, al que conocí a través de un reportaje de televisión y admiré recorriendo su edén de agua salada, arrecifes de coral y cocoteros.
Ser tripulación en el trayecto a través de San Blas a bordo del Jus' pas' in through significa ser viajero y staff a la vez; significa que uno puede marearse mientras el barco atraviesa olas camino al paraíso; que uno puede nadar y sentirse Robinson Crusoe entre islotes desiertos atestados de palmeras una vez se ha llegado al edén; que uno puede "caretear" como buen colombiano todo el tiempo que quiera; que uno puede y debe estar sin bañarse en agua dulce seis días quiera o no quiera, porque el velero es tan pequeño que no tiene duchas; y también significa que uno tiene que preparar la comida con el resto de sus compañeros de tripulación porque no hay nadie que lo haga para uno; que uno tiene que limpiar los platos en el mar después de comer; que uno tiene que utilizar el mar como aseo porque el aseo del Jus' pas' in through está roto; que uno tiene que pasar un poquito (que diría el hebreo Rotem) de hambre y alargar lo que hay para seis días en vez de los cinco previstos porque un día el barco se avería atracado cerca de un islote llamado Guanidup y los kunas a los que pedimos ayuda yendo en barquita hacia otro islote poblado, tan hartos de turistas ellos, no nos traen la comida que prometen traer desde otra isla; significa incluso llevar el timón por turnos el penúltimo día y la última noche y la última mañana del último día. Ser pasajero en la primera travesía del Jus' Pas' in Through implica también haber participado de una experiencia inolvidable, de una convivencia única con siete hombres entre los que por qué no decirlo, me siento una reina de los mares, una sirenita de Hans Christian Andersen, una Penélope entre piratas. 
Mis presunciones fueron ciertas, no podría haber escogido mejor casualidad que la de embarcarme en este velero, el carácter de los chicos resulta totalmente complementario y entre todos formamos un equipo estupendo. Me conceden caballerosas licencias, como no lavar los platos después de comer o dormir con el estómago en la boca en un camarote que se balancea como un columpio mientras ellos se turnan con el capitán para llevar el timón el día y medio de navegación en alta mar que nos resta, cuando una vez reparado el barco por un mecánico caleño que con mucha dificultad Ian hace venir desde Ciudad de Panamá, ponemos el rumbo directo hacia Colombia. Ian es un canadiense vegetariano de pensamiento hippie, libre, naturista, que gusta de vivir en el velero y dormir bajo el cielo observando las estrellas, también toca la guitarra, por lo que en las veladas en que el Jus' está ancorado las canciones del cantautor hebreo se intercalan con música country, mientras todos yacemos boca arriba, arrullados por el apacible mar, oliendo a humedad, a sal y a vida a la intemperie de las ochenta y ocho constelaciones del firmamento, son días de una paz infinita, son días de luna nueva.

Encajamos a nuestra primera noche entre dos islotes, el mar nos acuna como si fuésemos los hijos habidos de sus desmanes con Neptuno. Navegamos la mañana del segundo día hacia una islita llamada Guanidup donde nuestros comportamientos llegan a hacerse rutina, pues pasamos tres días con todos sus minutos y sus horas, que no llevamos en cuenta, fondeados en ese cayo al que llamamos “nuestra isla”. Las mañanas plenas de sol saltamos al mar para refrescarnos, para despertarnos, para lavarnos, todo es una fiesta, preparamos el desayuno a base de frutas y deloquehaya, la comida favorita de nuestro capitán. Según Ian la frugalidad en el comer es la mejor manera de mantenerse sano y joven, algo en lo que estoy en parte de acuerdo pero que al resto de la tripulación hace rugir sin perder el buen humor, al son de sus propias tripas. La sangre nunca llega al río, mis internacionales piratas del Caribe son más pacíficos que el mismísimo Jack Sparrow. Son días de convivencia, créanme que el gozar de un mar y un cayo, además de un velero y una barca todo para nosotros no hace que la sensación que se tiene sea la de estar cohabitando con el universo entero, muy al contrario uno se siente en un espacio reducido y sin ningún tipo de intimidad. "Nuestra isla" es tan pequeña que no hay manera de ocultarse en ella, si hay alguien en el punto más remoto se puede divisar desde cualquiera de sus orillas, así esté agachado satisfaciendo alguna necesidad básica, y el mar es tan claro que incluso evacuar abono y manduca para los peces requiere de nuestras habilidades como nadadores para irnos lejos, allá donde uno siempre piensa que pueden haber (y los hay) voraces tiburones. Huelga decir que las parcas raciones con las que me mantuve los seis días de la expedición por el mundo kuna llegaron intactas a Colombia, mis primeros recuerdos de Capurganá son la tierra firme moviéndose bajo mis pies y unas ganas espantosas de explotar.
El mediodía del cuarto día, cuando todos estábamos dispuestos para zarpar y nos habíamos despedido con cierta pena de "nuestra isla" el Jus' Pas' in Through decidió quedarse una noche más. Fue una odisea lograr que el mecánico de confianza de Ian llegase hasta Guanidup, ya que nuestro capitán no logró arreglar la avería, la señal del teléfono era muy débil y los días de carnaval en Panamá City tenían al técnico caleño en un estado de embriaguez constante, tanto que cuando el anciano kuna Gustavio lo trajo a nuestro encuentro después de numerosas llamadas y salvados todos los inconvenientes, el de Cali quería continuar la fiesta en el velero y convenció al joven Tiziano de regresar con él para disfrutar de las delicias del carnaval. Ese colombiano de unos cincuenta años estaba disfrutando su segunda juventud, o quizá la juventud que quién sabe antes nunca tuvo, emigrado a Panamá, lejos de su familia, vivía con camaradas de profesión en un departamento alquilado donde rodaban las botellas de ron y como él mismo, en un ataque de verborrea achispada nos confesó, las mujeriles compañías. En un principio tomamos el percance del velero con muy buen humor porque no teníamos prisa en abandonar el edén, teníamos libros, gafas y aletas para "caretear", protección para el sol y música, pero las viandas en el barco estaban parcamente dispuestas para los cinco días de duración del trayecto y el quinto día lo pasamos ya apenas sin comida por la voluntad firme de tratar mal al turista de algunos integrantes del pueblo kuna y el hambre voraz de la tripulación, que no contenta con las raciones que nos asignaba el capitán solía (-mos) tomar tentempiés a deshoras. En nuestro día sin provisiones dormitamos en la cubierta del barco y en nuestro cayo querido, y ya anochecido llegó la lancha que esperamos durante toda la jornada con plátanos, que no bananas, cuando el crujir de nuestras tripas comenzaba a ser más obstinado que el propio rugido del mar. Los plátanos fritos, patacones, nos calmaron el hambre, porque crudos nos habrían mandado a ese lavabo que no teníamos o que teníamos en toda su inmensidad, y sirvieron de carburante a una noche de navegación dura donde los hombres, ya sin Tiziano, se fueron turnando progresivamente el timón mientras yo dormitaba a ratos, en un vaivén que me mecía y me daba la vuelta y me retorcía hasta las mismísimas entrañas.
Azar o no, suerte o repetición, a la mañana siguiente, cuando ya cerca de Capurganá todos observábamos maravillados las frondosas costas donde desembocan las sinuosas espesuras del Darién, un banco de delfines vino a acompañarnos durante un buen trecho de viaje. Fue el colofón perfecto a un puñado de días y circunstancias extraordinarias, en los que sin apenas comodidades el contacto directo con la naturaleza y con el ser humano fue en exceso puro. Contemplando a los delfines e imaginando a las tribus que aún habitan la jungla apenas explorada que se mostraba a nuestra derecha comprendí de una vez que el ser humano es un animal más al que el lujo proporciona confort pero no felicidad. Entendí que sólo en las situaciones difíciles uno puede verdaderamente reencontrarse consigo mismo y que recorrer la dicha, alcanzar la gloria, está en la unión sin intermediarios con la naturaleza, pero sobre todo está en esas porciones de gestos sencillos que a los seres vivos nos acercan.