El día en que regresé a Ciudad de Panamá para visitar el Canal y saltar de ahí a Colombia pedí a un jovencito rubio que me hiciese una foto en la estación de Almirante, si se le puede llamar estación a una oficinita de paredes pintarrajeadas con las rutas de los buses de compañía Tranceibosa. Llamó mi atención que el chico viajaba descalzo, me causó simpatía porque pensé entonces que cada uno es libre de expresar que se siente precisamente así, liberado, como buenamente se le antoje. Días después, sin saberlo volveríamos a cruzarnos y compartir una de las experiencias más valiosas que he tenido desde que comencé este viaje, pero eso os lo contaré en la siguiente entrada.
Hice el trayecto inverso de dos semanas antes, desde Bocas hasta Ciudad de Panamá en el autobús
refrigeradora ataviada en pleno corazón del Caribe con mis mejores ropas de invierno, calcetín
de montaña, pantalón largo, sudadera y forro polar, bufanda y
guantes. Esta vez no pase frío pero tampoco dormí, olvidé los
tapones para los oídos. Temas de Pimpinela, Rocío Jurado e Isabel
Pantoja sonaron toda la noche mezclados con otras canciones típicas
salseras y reggeatoneras de estribillos imposibles, “si eres una
mujer igual que cualquier otra, tienes dos ojos, un cuerpo, una boca”
ó “ay no me importa si eres una perdida, si bebes y fumas
esa es tu vida, pégame tu vicio sí, el vicio de tus labios, ven
pégame tu vicio please”. Exceptuando
el romanticismo empedernido de los clásicos, la temática general de la noche fue un surtido repertorio de letrillas sobre el jueguito de la
seducción, lujuria y celos. Me contó Juan, un venezolano de
cuarenta y tantos que trabaja en el hostel de Bocas y que solía
sentarse a hablar conmigo por ser de las pocas huéspedes que
hablaban su idioma y digo yo que por la confianza, dado lo prolongado
de mi estadía, que él se enamoró perdida y románticamente de su
esposa cuando ambos eran adolescentes porque por entonces todos los
temas que se escuchaban cuando salían a parrandiar
versaban sobre el amor. "Ahorita no-
me contó-, hoy en día todas las canciones hablan de
culiar no más, de usar para el sexo y botar, y así andan pensando
los jóvenes". Y yo me pregunto
si fue antes el huevo o la gallina, si es la música la que en este
caso no amansa a las fieras sino que las incita, o son las fieras las
que de tanta pasión de usar y tirar provocan (qué verbo más
acertado) ese tipo de música instigadora. Sea como fuere mi martirio
de vuelta en buseta helada duró una hora menos que la ida, hubo más
velocidad y menos paradas en el camino ya conocido, pero las casi
diez horas de viaje me dieron para reir para adentro e incluso para derramar algunas lágrimas de sueño y
de la alegría simple de verme en un vehículo atestado de gente
atravesando el país que parte América en dos, cosas de la luna, lo
de llorar digo. Y cosas de Magdalena, cuyo recuerdo vivifiqué
gracias al perfume dulzón de la señora robusta y morena con la que compartí asiento y a la que un poco por aburrimiento un mucho por fisgonear sus conversaciones de whatsapp desde mi asiento inclinado, construí un árbol genealógico de primera. Algún día os contaré quién es Magdalena y por qué ella está presente en muchos aspectos de mi vida y en especial en este viaje, aunque para descubrir bien su historia tendría que haberle inventado un nombre y una familia a ella también.
Lo primero que me llamó la atención de la señora robusta y morena que olía a Magdalena fue que chateaba con un tal bebé, por un momento tuve el pensamiento ilusiorio de poder hablar con Hugo, mi sobrino de siete meses sin intermediarios, esto es sin que sus padres lo sujeten en brazos para que lo vea tras la pantalla de un ordenador, ¡bendita tecnología! chatear los dos, él enviándome fotos de su cara de ángel y escribiendo tatatatata y yo contándole todos los lugares a los que voy a llevarle cuando tenga la edad para apreciar la belleza y también el peligro en la gente y en las cosas. Pero esta ilusión de un momento se esfumó cuando al fin pude leer desde mi garita de guachimana (véase la entrada número uno de este blog donde se explica este término) parte de la conversación de la señora con su bebé, "Le dejé la cena tapada en la cocina, pero antes de cenar llévele un aguacate al viejo con la bicicleta" a lo que él contestaba en el momento en que por un bache en la carretera botaba el bus, "Gracias madre", a lo que ella escribió "Que Dios le bendiga hijo". Y automáticamente la señora hace una llamada de teléfono a un señor al que llama papi y le dice que le dejó la cena también tapada en la cocina y que le mandó llevar un aguacate con Yilder al viejo. Por lo que deduzco que Yilder es el bebé que ya no es bebé sino el hijo, que el viejo es el padre de ella, por lo que es el marido a quien llama papi. Y entonces entiendo que no le llama papi cuyo significado podría ser padre, progenitor, procreador, semental, sino un papi con una connotación más sensual, algo así como al que canta Shakira cuando está rabiosa "oye papi vuélveme loca, aruñame en la espalda y mueddeme en la boca".
Mis tareas pendientes en Ciudad de Panamá eran la visita al canal y arreglar el modo de llegar a Colombia vía marítima. Con el segundo asunto tuve problemas por la inminencia del carnaval, ya que estaban todos los botes colmados, por lo que aguanté un par de jornadas en la ciudad sin muchas pretensiones turísticas, solo escribiendo (esos maravillosos tiempos en que llevaba este blog al día), descansando y refugiándome del calor en el aire acondicionado de los centros comerciales de la zona Marbella, donde está el Villa Vento Surf hostel, al que volví por practicidad. Cuando una viaja por largo tiempo y cambia de lugar con regularidad agradece tener pequeños hábitos como orientarse, como llegar a un supermercado o a una farmacia por simple inercia, como saber dónde pararse porque hay un semáforo, en definitiva no andar siempre buscando y buscándose, no andar preguntando o haciéndose la que sabe y mirando un mapa cuando se piensa que nadie la ve.
Quería por pura curiosidad y capricho pasear el casco antiguo en la tardecita y en la noche, y allí me fui con una chica que conocí en Bocas y con la que coincidí de nuevo en la ciudad. Salimos a tomar algo cuando ya caía el sol, nos sentamos en una terraza tranquilas a beber unas cervezas y a hablar de lo que íbamos a hacer en los próximos meses, cada una por su lado, ella viajando hacia el centro del continente y yo hacia el sur. Una pareja nos observaba desde la mesa de al lado, con una velita entre ellos, él panameño, ella colombiana, de Cali, al cabo de unas balboas conversábamos los cuatro juntos, mi amiga hebrea y angloparlate más asentía que hablaba, como yo aquel caribeño día de aguas cristalinas, arroz con coco y fotos con aspavientos de decir cheese. Al rato y sin saber cómo el chef italiano de un hotel vecino y su joven pinche colombiano que recién cerraban su cocina se nos unieron, fue una noche improvisada de charla en tres lenguas, de risas y de buenos augurios. Sin saberlo yo ya me despedía de Panamá, esa chica caleña y el pinche costeño con sus bellezas distintas pero impactantes, con los ojos chisporroteantes, llenos de vida, con una forma de hablar diferente y una pasión extraña rezumandoles los poros me abrían simpáticos, afables, inconscientes de ello las puertas de lo que Colombia iba a ser para mí en las próximas semanas, un universo exuberante, intenso, amigable y peligroso, no tanto por lo inseguro sino por lo tentador. Una sucesión de vivencias hermosas, fortísimas, concentradas, agridulces e inevitables como un juguito de maracuyá sin azúcar.
Mis tareas pendientes en Ciudad de Panamá eran la visita al canal y arreglar el modo de llegar a Colombia vía marítima. Con el segundo asunto tuve problemas por la inminencia del carnaval, ya que estaban todos los botes colmados, por lo que aguanté un par de jornadas en la ciudad sin muchas pretensiones turísticas, solo escribiendo (esos maravillosos tiempos en que llevaba este blog al día), descansando y refugiándome del calor en el aire acondicionado de los centros comerciales de la zona Marbella, donde está el Villa Vento Surf hostel, al que volví por practicidad. Cuando una viaja por largo tiempo y cambia de lugar con regularidad agradece tener pequeños hábitos como orientarse, como llegar a un supermercado o a una farmacia por simple inercia, como saber dónde pararse porque hay un semáforo, en definitiva no andar siempre buscando y buscándose, no andar preguntando o haciéndose la que sabe y mirando un mapa cuando se piensa que nadie la ve.
Quería por pura curiosidad y capricho pasear el casco antiguo en la tardecita y en la noche, y allí me fui con una chica que conocí en Bocas y con la que coincidí de nuevo en la ciudad. Salimos a tomar algo cuando ya caía el sol, nos sentamos en una terraza tranquilas a beber unas cervezas y a hablar de lo que íbamos a hacer en los próximos meses, cada una por su lado, ella viajando hacia el centro del continente y yo hacia el sur. Una pareja nos observaba desde la mesa de al lado, con una velita entre ellos, él panameño, ella colombiana, de Cali, al cabo de unas balboas conversábamos los cuatro juntos, mi amiga hebrea y angloparlate más asentía que hablaba, como yo aquel caribeño día de aguas cristalinas, arroz con coco y fotos con aspavientos de decir cheese. Al rato y sin saber cómo el chef italiano de un hotel vecino y su joven pinche colombiano que recién cerraban su cocina se nos unieron, fue una noche improvisada de charla en tres lenguas, de risas y de buenos augurios. Sin saberlo yo ya me despedía de Panamá, esa chica caleña y el pinche costeño con sus bellezas distintas pero impactantes, con los ojos chisporroteantes, llenos de vida, con una forma de hablar diferente y una pasión extraña rezumandoles los poros me abrían simpáticos, afables, inconscientes de ello las puertas de lo que Colombia iba a ser para mí en las próximas semanas, un universo exuberante, intenso, amigable y peligroso, no tanto por lo inseguro sino por lo tentador. Una sucesión de vivencias hermosas, fortísimas, concentradas, agridulces e inevitables como un juguito de maracuyá sin azúcar.
Me dirigí hacia la esclusa de Miraflores en uno de los Diablos Rojos porque es el transporte más barato de la ciudad y porque justo andaba saliendo uno de Albrook cuando llegué preguntando cómo ir hasta el canal. Los Diablos Rojos son esos típicos autobuses escolares norteamericanos (estadounidenses) que aquí no son amarillos sino reciclados y tuneados a gusto del conductor. Extravagantes por fuera y por dentro, con pinturas imposibles, colores chillones, frases religiosas y a veces profanas, muñecos colgando del salpicadero, rosarios, cruces, luces estridentes y bocinas con efectos especiales, sirena de coche policial, pitido estrepitoso o el típico silbido que se lanza en la calle cuando un chico o una chica está de buen ver ¡fiu fiuu! El camino en bus, como viene siendo habitual en este blog y en este viaje, lo hicimos con música a todo gas, confieso que ya me gusta, me alegra el ánimo. El Diablo Rojo abarrotado fue una sinfonía de pitidos, cuando las canciones terminaban el conductor hacía sonar la bocina al tempo a modo de calderón final, cuando cruzaba una chica linda algún semáforo tocaba el fiu fiu, la sirena cuando simplemente alguna canción le venía arriba (recuerdo que casi todas)... y así, sonriendo, entre sonrisas muy blancas y pieles más oscuras que la mía llegué a mi destino histórico, logístico, para mi gusto excesivamente turístico. Un cartel alentando sobre la posible existencia de cocodrilos en la zona me sorprendió en el ascenso hacia el centro de visitantes... más tarde entendí que no sólo cocodrilos de piel robusta y grandes fauces merodean y se asolean en los alrededores del canal, otro tipo de hábiles depredadores, más sibilinos recorren desde hace más de cien años los vericuetos legales y también las grutas clandestinas de la gran zanja, movidos éstos no por el olor de la carnaza sino por el poder del dinero y derramando también si es necesario falsas lágrimas de sal.
1513 fue el año en que el primer español, Vasco Núñez de Balboa, cruzó guiado por indígenas el camino original desde el Atlantico hasta el Pacífico sobre el que se abriría el actual canal. Muchos intentos y cuatrocientos años mas hicieron falta para inaugurar la portentosa obra de ingeniería que uniría dos mundos hasta entonces inconexos, salvo por el austral Estrecho de Magallanes, tan lejano y peligroso. Un trabajo titánico pero sobre todo un drama humano y ecológico devastador se me presentaron el día que visité la atracción turística de Miraflores, cuántas vidas, cuántos sueños enterrados bajo los dinamitados cerros de esa zanja inmensa que abre el continente americano en dos, cuantas especies, cuánta natura. En el centro de visitantes me vendieron la fantasía de un canal que cuida la fauna autóctona y la flora en los alrededores de las esclusas, me vendieron la película de la fragosa tarea que finalmente se llevó a cabo gracias a la habilidad de los ingenieros y al trabajo en equipo. Esto último no lo dudo, una se sorprende con la capacidad del ser humano para modificar la naturaleza, para abrir en canal, nunca mejor dicho, a un territorio tan vasto y unir dos océanos y se convence de que la voluntad de uno puede mover montañas pero sólo los brazos de muchos pueden abrirlas, zanjarlas, expoliarlas, minarlas, pulverizarlas.
Sepan que el canal estuvo bajo la jurisdicción norteamericana durante todo el siglo XX bajo el denominado Panama Canal Zone, una especie de colonia dentro del estado cuyos habitantes se hacían llamar zonies y que no fue hasta el mismo 31 de diciembre de 1999 que Panamá pudo ejercer la soberanía total sobre el mismo. Curiosamente, tras los afroantillanos, los españoles, descubridores, invasores, primeros en pisar tierra y descubrir océanos y mares fueron los trabajadores más numerosos en la construcción del canal, "gallegos y otros blancos" eran reclutados en España por agentes del gobierno de los Estados Unidos del Norte de América. Los trabajadores estadounidenses eran digamos "de primer grado" y su salario era denominado gold roll, tenían jornadas de ocho horas; los europeos desempeñaban trabajos más pesados y ganaban el llamado silver roll, trabajaban una decena de horas por día, los afroantillanos recibían la mitad del sueldo de los europeos por el doble de carga de trabajo. Como dato curioso se sabe que los españoles protagonizaron una importante huelga en protesta por sus condiciones laborales y eran considerados como trabajadores capaces y laboriosos, consta en la Comisión del Canal, una racista sinopsis sobre los trabajos realizados, que "su efiacia no sólo es más del doble que la de los negros, sino que resisten mejor el clima".
En Panamá el canal lo es todo, o casi todo. Y he matizado la afirmación absoluta anterior a propósito porque tomar una opción u otra va a depender del valor que cada uno sea capaz de dar al dinero. El precio medio que paga un barco de unas 65.000 toneladas por pasarlo es de unos 80.000 dólares. 14.000 barcos cruzan el canal anualmente, más de un millón lo han hecho desde su inauguración. Con la ampliación del canal, que culmina este año del centenario de su construcción, se podrá doblar la cantidad de tonelaje anual llegando a los 600 millones de toneladas.
Les dejo multiplicando y pensando si totalizan o matizan... Yo equilibro, en estos materialistas aspectos soy de grises sí, como casi siempre prefiero no dejarle todo al todo.
1513 fue el año en que el primer español, Vasco Núñez de Balboa, cruzó guiado por indígenas el camino original desde el Atlantico hasta el Pacífico sobre el que se abriría el actual canal. Muchos intentos y cuatrocientos años mas hicieron falta para inaugurar la portentosa obra de ingeniería que uniría dos mundos hasta entonces inconexos, salvo por el austral Estrecho de Magallanes, tan lejano y peligroso. Un trabajo titánico pero sobre todo un drama humano y ecológico devastador se me presentaron el día que visité la atracción turística de Miraflores, cuántas vidas, cuántos sueños enterrados bajo los dinamitados cerros de esa zanja inmensa que abre el continente americano en dos, cuantas especies, cuánta natura. En el centro de visitantes me vendieron la fantasía de un canal que cuida la fauna autóctona y la flora en los alrededores de las esclusas, me vendieron la película de la fragosa tarea que finalmente se llevó a cabo gracias a la habilidad de los ingenieros y al trabajo en equipo. Esto último no lo dudo, una se sorprende con la capacidad del ser humano para modificar la naturaleza, para abrir en canal, nunca mejor dicho, a un territorio tan vasto y unir dos océanos y se convence de que la voluntad de uno puede mover montañas pero sólo los brazos de muchos pueden abrirlas, zanjarlas, expoliarlas, minarlas, pulverizarlas.
Sepan que el canal estuvo bajo la jurisdicción norteamericana durante todo el siglo XX bajo el denominado Panama Canal Zone, una especie de colonia dentro del estado cuyos habitantes se hacían llamar zonies y que no fue hasta el mismo 31 de diciembre de 1999 que Panamá pudo ejercer la soberanía total sobre el mismo. Curiosamente, tras los afroantillanos, los españoles, descubridores, invasores, primeros en pisar tierra y descubrir océanos y mares fueron los trabajadores más numerosos en la construcción del canal, "gallegos y otros blancos" eran reclutados en España por agentes del gobierno de los Estados Unidos del Norte de América. Los trabajadores estadounidenses eran digamos "de primer grado" y su salario era denominado gold roll, tenían jornadas de ocho horas; los europeos desempeñaban trabajos más pesados y ganaban el llamado silver roll, trabajaban una decena de horas por día, los afroantillanos recibían la mitad del sueldo de los europeos por el doble de carga de trabajo. Como dato curioso se sabe que los españoles protagonizaron una importante huelga en protesta por sus condiciones laborales y eran considerados como trabajadores capaces y laboriosos, consta en la Comisión del Canal, una racista sinopsis sobre los trabajos realizados, que "su efiacia no sólo es más del doble que la de los negros, sino que resisten mejor el clima".
En Panamá el canal lo es todo, o casi todo. Y he matizado la afirmación absoluta anterior a propósito porque tomar una opción u otra va a depender del valor que cada uno sea capaz de dar al dinero. El precio medio que paga un barco de unas 65.000 toneladas por pasarlo es de unos 80.000 dólares. 14.000 barcos cruzan el canal anualmente, más de un millón lo han hecho desde su inauguración. Con la ampliación del canal, que culmina este año del centenario de su construcción, se podrá doblar la cantidad de tonelaje anual llegando a los 600 millones de toneladas.
Les dejo multiplicando y pensando si totalizan o matizan... Yo equilibro, en estos materialistas aspectos soy de grises sí, como casi siempre prefiero no dejarle todo al todo.