Sierra
Nevada de Santa Marta, ruta a Ciudad Perdida
Día
1, “Donde Alfredo”
Dormí poco anoche, ensoñada, bobita, con
la música de una fiesta de la "Luna llena" retumbando en estéreo en
mi cabeza. Soñé despierta con pies, caderas, manos propias y ajenas, todo en
movimiento, sentía el sudor de un samario bellísimo con el que bailé toda la
noche aún impregnado en la piel, soñé con el tacto de su mano firme y de sus
brazos ágiles al guiarme en los ritmos tropicales, al darme vuelta, al llevarme
un pie aquí y otro allá. Anoche me inicié en la salsa, el currulao, la
champeta... y de esas horas y de esas coreografías de a dos me quedaron el
aroma a sudor limpio y moreno, el ritmo vibrante de un Caribe que sentí mío por
exponerse más africano que nunca y una extraña sensación de que una puerta
nueva, desconocida, se ha abierto de par en par en un lugar aún desconocido de
mi espíritu.
Esta mañana desperté a las 7am, me bañé,
arreglé una mochila con ropa y zapatos cómodos para caminar unos cuantos días a través de la selva y
desayuné tarde y deprisa. Daniel, el guía de la excursión a la Ciudad Perdida
de la Sierra Nevada de Santa Marta me recogió muy puntual a las 8am, por lo que
el sandwich de huevo, mozzarella y vegetales, la papaya y el café que Armando,
Wilder y Eder preparan tan juiciosos en la cocina del hostal, me quedaron
indigestos durante buena parte de la mañana. Caminé con Daniel un par de
cuadras hasta la calle 10 donde ya nos esperaba una docena de
extranjeros que como yo parecían ansiosos al estímulo de la aventura.
Daniel no habla inglés y el resto de la
expedición no habla español, por lo que traduzco reduciendo al simple todas sus
indicaciones de guía y algunos datos relevantes sobre la zona y la historia del
sitio arqueológico al que en unos días de marcha esperamos
arribar. Me siento feliz en este puente lingüístico porque disfruto a solas de
la sabiduría de Daniel. Es un campesino bastante cultivado a pesar de que
habita una parte de la Sierra Nevada de Santa Marta ciertamente aislada de
otros mundos. No es joven pero es flaco, fibroso y camina como un gamo. Con sus
palabras y su actitud me impregno cada vez más de su amor a la tierra y a esta
Colombia selvática y fascinante que me revela poco a poco sus misterios de país
encantado.
Hoy nos tocó duro. Dos horas de camino
pedregoso apretados en una furgoneta después que salimos de Santa Marta para
alcanzar el inicio de nuestra ruta a pie en un poblado de colonos llamado el
Mamey. Cuatro horas de caminata por unas cuestas realmente empinadas, sudando
cerveza y la transpiración del samario con el que bailé anoche, que de una
manera se me ha quedado en la piel. Ya a pie tuve que ceder puestos en una
cuesta alta a los compañeros que probablemente durmieron mejor que yo la noche
pasada y bailaron menos, cuando encabezaba orgullosa la expedición. A partir de
entonces compartí el ascenso escarpado por una quebradita con dos médicas
holandesas que ejercen en Curaçao y están de vacaciones en Colombia, y en esa
subida aprendí que en la isla donde viven se habla holandés pero también
papiamento, una mezcla entre inglés, francés, portugués y holandés. Me fascinan
los idiomas por lo que me anoté mentalmente algo que de todos modos no se me va
a olvidar, "Curaçao: ir".
Pasamos por lugares muy lindos, montañas
con vistas cada vez más lejanas de lo que parece el mar y la civilización,
piscinas naturales, una cascada, pura selva, hasta arribar ya en la tarde a una
especie de techados de los que penden decenas de hamacas, en las que esta noche
vamos a dormir. Dos jóvenes campesinos preparan la cena a fuego muy lento en
grandes ollas sobre hogueras, estoy agotada, iré pronto a mi cama indígena,
mañana se toca diana a las 5am para empezar a caminar de nuevo.
Día
3 “El Paraíso”
Escribo rápido, exhausta a la luz de las
velas bajo las risotadas de los compañeros de expedición que se divierten
jugando cartas antes de dormir en una gran mesa de tablones que se encuentra
junto a las marmitas ya vacías donde se ha preparado la cena. Escucho a Daniel
y escribo, trato de no poner atención a los chicos, hablan en inglés, intento
captar sólo en nuestra lengua el acento costeño de mi guía, sintetizar también
todas las cosas que me ha ido contando a lo largo de las horas de caminata de
estos días. Ya tengo mi historia sobre Teyuna, la Ciudad Perdida de los
tayronas, el lugar escondido en la Sierra Nevada de Santa Marta que hoy por
fin, tras tres días de caminatas imposibles y sudores húmedos y cansancio y picaduras
de zancudos, coronamos.
Los relatos de Daniel me han formado la
historia, le daré nombres, fechas reales pero la escribiré a mi modo, inventaré
pasajes, pensamientos, el protagonista tendrá la fisionomía delgada de junco
flexible de Daniel, su fuerza, su cara de indio, su bigote negro, sus ojos
pequeños, sus pómulos altos y el mechón blanco de su pelo, este es el pequeño
homenaje que le rindo. Mi guía ha hecho el trayecto de doscientos diez
kilómetros de ida y vuelta desde el Mamey hasta Teyuna seiscientas ochenta
veces en los últimos veinte años. Como el protagonista de mi historia tiene
ocho hijos, habita en una pequeña finca en los márgenes del río Guachaca y
llegó a la zona desde una provincia del interior cuando tenía siete años. A
diferencia del personaje que ya he creado, sin su pasión por esta tierra, por
estos montes, por las ruinas que hoy visitamos, por las etnias indígenas de la
Sierra, ni un cachito del interés inmenso que hoy siento por todo lo que tiene
que ver con indios, tesoros, masacres, lenguas chibchas, medicinas naturales, culturas
precolombinas, se habría despertado en mí.
Día
5 “El Mamey”
Llegamos de vuelta. El caminar ha sido
duro pero agradable y a pesar de las diferentes nacionalidades nuestra
cuadrilla de expedicionarios ha conformado un buen grupo. Estoy exhausta pero
contenta, vuelvo a Santa Marta, a los días de sol dorado, a las noches de brisa,
a los ritmos caribeños y a la orilla arenosa del mar azul. La próxima semana
bucearé por primera vez, voy a pasar de caminarme los nevados a nadar, a flotar
las simas, de una atmósfera de aire a una atmósfera de agua, del nitrógeno y
los gases nobles al hidrógeno que acompaña al O. Será el hecho de sentir
conciencia de lo que se respira, será la naturaleza que me rodea o serán los
descubrimientos diarios, el entusiasmo que no se quiere ir ni yo dejo que se
vaya, que me siento más viva que nunca. No es el sudor de un cuerpo samario con
el que dancé lo que exudo estos días, es más que agua y sal, es puro gozo.
No sé qué tiene esta tierra, percibo una
energía distinta, poderosa. Puede ser que de algún modo todos los milagros de
la geografía se vienen a dar aquí, la consistencia majestuosa de la cordillera,
el rugido aterrador del mar que, como al hijo de mi protagonista el río, casi
me succiona una mañana sin trasnoche de abril, la corriente helada de los
afluentes que bajan de la sierra a desaguar al océano, la selva densa y poblada
de árboles, de insectos, de aves, de bestias, de hombres... Aquí me siento
también más cerca de los astros. Menstruo
con la luna, me regenero y exploto en las noches de menos luz, una simiente
muere en mí y renazco, me hago nueva cuando ella crece como una niña que sabe
que siempre va a ser niña otra vez. Siento mi consistencia de tierra mojada,
mis estratos, mis partes dúctiles que a veces se incendian, se hacen lava, mi
núcleo fuerte, férreo, mis contornos, mis huecos, mi matriz. Si pudiera
arrancarme un pedazo de bien adentro husmearía de seguro un aroma a minerales
en la humedad de una especie de barro, de piedra, de raíces y de musgo. Soy
hija de la Pacha Mama, en mí germinarán semillas como florecen árboles de los
bulbos de la tierra. El sol me abrasa a veces, me da vida y me destruye, pero
lo necesito inexcusablemente para vivir. No debo ser la única que se siente así
estos días, lejitos de lo urbano, de lo postizo, más cerca del origen. Ahora y
sólo ahora comprendo por qué pese a que la luna llena nos acompañó y nos
iluminó solamente anoche, en la ciudad de Santa Marta se celebran fiestas en
honor a este astro desde hace una semana, razones comerciales existirán pero
también esas visiones nocturnas de un astro amarillo que se refleja iluminando
el mar oscuro y calmo en medio de la bahía más hermosa de América.
Daniel nos hizo un regalo anoche.
Celebramos la luna llena en un ritual tranquilo con los hombres koguis. A veces
una mujer, por ser extranjera, tiene más licencias en esta clase de ceremonias
que las propias integrantes de la etnia. En una explanada cercana a las hamacas
donde pasamos la última noche se encendió una gran hoguera. La luna desde arriba
como diosa en su reino negro de oscuridad brillaba mayestática en un tapiz plagado
de enormes estrellas. Desde el banco de madera en el que me senté junto a
Daniel visualizaba el cielo abierto en círculo a través de los espacios que la
vegetación altísima dejaba libre.
Frente a nosotros, las vestimentas blancas
de los koguis tornaban a veces en colores dorados por el calor naranja del
abuelo fuego. Sus melenas negras abundantes, algunas sueltas, otras recogidas
en coletas bajas, parecían de plata a la luz blanca de la luna. Todos tenían
consigo sus bolsos llenos de hojas de coca, de vez en cuando arrimaban una
piedra bien roma del tamaño de un puño al fuego, la calentaban y la metían en
el bolso. Así, calentita, es que se mezcla con las hojas de coca que contienen
para hacer a las hojas amarillear, madurar, a un ritmo más rápido del que marca
la naturaleza. Todavía siento el sonido de la hojarasca al son con el que los
indígenas movían sus bolsos. La hoja de coca verde no se mastica, necesita de
ese proceso para ser realmente beneficiosa. Estos días la hemos rumiado durante
las inacabables caminatas en ascenso hasta Teyuna para aliviar los dolores,
pues tiene efectos anestésicos, y también para oxigenar la sangre. Así
masticada o en infusión es la medicina natural más completa para los habitantes
de los Andes, espina dorsal de Sudamérica, cuyo comienzo o cuyo final es
precisamente este, la Sierra Nevada de Santa Marta.
Me sentía cansada después de los días de
camino y las noches casi en vela dormitadas en hamaca pero esa noche sin sueño
espabilada con el poder de la luna y el sabor amargo de las hojas de coca, terminé
de tejer con los retazos de las conversaciones de Daniel la historia de Teyuna,
la Ciudad Perdida de los tayronas que las etnias indígenas descendientes de
esta cultura precolombina de la Sierra Nevada de Santa Marta lograron ocultar
al hombre blanco por siglos, y que a día de hoy es considerada una de las Siete
Maravillas de Colombia. Observaba a los indios tranquilos sentados junto al
fuego moviendo sus bigotitos al masticar de las hojas, cebando sus poporos*,
hablando en voz muy baja, riendo a veces.
- “Son
seres de otro mundo Daniel”
- “¡Ajá!
Definitivamente lo son mujer. Ni
siquiera se consideran ciudadanos colombianos, son koguis, se rigen por su
cosmovisión, conciben el tiempo y el pensamiento en espiral, veneran dizque** a
la tierra, al agua, al fuego, a los astros, viven como vivían sus ancestros
muchos siglos antes de que tus antepasados vinieran a- me muestra las
palmas de sus manos y abre comillas con sus dedos- descubrirlos”
* poporo: recipiente de calabazo que representa el cuerpo de la mujer, el cual contiene cal extraída de conchas marinas quemadas. Esta cal se saca con un palillo mojado en saliva y se mezcla en la boca con la hoja de coca que los indígenas de la Sierra Nevada mastican constantemente. Esta mezcla de saliva y cal ayuda a extraer los alcaloides de la hoja de coca. El poporo es de uso exclusivo para los hombres y es considerado símbolo de salvación de almas, se entrega al indígena cuando alcanza la edad adulta y el matrimonio. Es en la forma que el poporo va adquiriendo a lo largo de su vida con los restos de saliva y cal que el indígena va sacando de su boca y pegando alrededor del mismo, donde está determinado su destino y el de la comunidad.
** dizque: expresión vigente en amplias zonas hispanohablantes de América. Procede de la unión de la forma arcaica "diz", forma abreviada de "decir" (dice/ dicen) y la conjunción "que"





