miércoles, 5 de agosto de 2015

Hacia la Ciudad Perdida

Sierra Nevada de Santa Marta, ruta a Ciudad Perdida

Día 1, “Donde Alfredo”
Dormí poco anoche, ensoñada, bobita, con la música de una fiesta de la "Luna llena" retumbando en estéreo en mi cabeza. Soñé despierta con pies, caderas, manos propias y ajenas, todo en movimiento, sentía el sudor de un samario bellísimo con el que bailé toda la noche aún impregnado en la piel, soñé con el tacto de su mano firme y de sus brazos ágiles al guiarme en los ritmos tropicales, al darme vuelta, al llevarme un pie aquí y otro allá. Anoche me inicié en la salsa, el currulao, la champeta... y de esas horas y de esas coreografías de a dos me quedaron el aroma a sudor limpio y moreno, el ritmo vibrante de un Caribe que sentí mío por exponerse más africano que nunca y una extraña sensación de que una puerta nueva, desconocida, se ha abierto de par en par en un lugar aún desconocido de mi espíritu.
Esta mañana desperté a las 7am, me bañé, arreglé una mochila con ropa y zapatos cómodos para caminar unos cuantos días a través de la selva y desayuné tarde y deprisa. Daniel, el guía de la excursión a la Ciudad Perdida de la Sierra Nevada de Santa Marta me recogió muy puntual a las 8am, por lo que el sandwich de huevo, mozzarella y vegetales, la papaya y el café que Armando, Wilder y Eder preparan tan juiciosos en la cocina del hostal, me quedaron indigestos durante buena parte de la mañana. Caminé con Daniel un par de cuadras hasta la calle 10 donde ya nos esperaba una docena de extranjeros que como yo parecían ansiosos al estímulo de la aventura. 
Daniel no habla inglés y el resto de la expedición no habla español, por lo que traduzco reduciendo al simple todas sus indicaciones de guía y algunos datos relevantes sobre la zona y la historia del sitio arqueológico al que en unos días de marcha esperamos arribar. Me siento feliz en este puente lingüístico porque disfruto a solas de la sabiduría de Daniel. Es un campesino bastante cultivado a pesar de que habita una parte de la Sierra Nevada de Santa Marta ciertamente aislada de otros mundos. No es joven pero es flaco, fibroso y camina como un gamo. Con sus palabras y su actitud me impregno cada vez más de su amor a la tierra y a esta Colombia selvática y fascinante que me revela poco a poco sus misterios de país encantado.
Hoy nos tocó duro. Dos horas de camino pedregoso apretados en una furgoneta después que salimos de Santa Marta para alcanzar el inicio de nuestra ruta a pie en un poblado de colonos llamado el Mamey. Cuatro horas de caminata por unas cuestas realmente empinadas, sudando cerveza y la transpiración del samario con el que bailé anoche, que de una manera se me ha quedado en la piel. Ya a pie tuve que ceder puestos en una cuesta alta a los compañeros que probablemente durmieron mejor que yo la noche pasada y bailaron menos, cuando encabezaba orgullosa la expedición. A partir de entonces compartí el ascenso escarpado por una quebradita con dos médicas holandesas que ejercen en Curaçao y están de vacaciones en Colombia, y en esa subida aprendí que en la isla donde viven se habla holandés pero también papiamento, una mezcla entre inglés, francés, portugués y holandés. Me fascinan los idiomas por lo que me anoté mentalmente algo que de todos modos no se me va a olvidar, "Curaçao: ir".
Pasamos por lugares muy lindos, montañas con vistas cada vez más lejanas de lo que parece el mar y la civilización, piscinas naturales, una cascada, pura selva, hasta arribar ya en la tarde a una especie de techados de los que penden decenas de hamacas, en las que esta noche vamos a dormir. Dos jóvenes campesinos preparan la cena a fuego muy lento en grandes ollas sobre hogueras, estoy agotada, iré pronto a mi cama indígena, mañana se toca diana a las 5am para empezar a caminar de nuevo.


Día 3 “El Paraíso”
Escribo rápido, exhausta a la luz de las velas bajo las risotadas de los compañeros de expedición que se divierten jugando cartas antes de dormir en una gran mesa de tablones que se encuentra junto a las marmitas ya vacías donde se ha preparado la cena. Escucho a Daniel y escribo, trato de no poner atención a los chicos, hablan en inglés, intento captar sólo en nuestra lengua el acento costeño de mi guía, sintetizar también todas las cosas que me ha ido contando a lo largo de las horas de caminata de estos días. Ya tengo mi historia sobre Teyuna, la Ciudad Perdida de los tayronas, el lugar escondido en la Sierra Nevada de Santa Marta que hoy por fin, tras tres días de caminatas imposibles y sudores húmedos y cansancio y picaduras de zancudos, coronamos.
Los relatos de Daniel me han formado la historia, le daré nombres, fechas reales pero la escribiré a mi modo, inventaré pasajes, pensamientos, el protagonista tendrá la fisionomía delgada de junco flexible de Daniel, su fuerza, su cara de indio, su bigote negro, sus ojos pequeños, sus pómulos altos y el mechón blanco de su pelo, este es el pequeño homenaje que le rindo. Mi guía ha hecho el trayecto de doscientos diez kilómetros de ida y vuelta desde el Mamey hasta Teyuna seiscientas ochenta veces en los últimos veinte años. Como el protagonista de mi historia tiene ocho hijos, habita en una pequeña finca en los márgenes del río Guachaca y llegó a la zona desde una provincia del interior cuando tenía siete años. A diferencia del personaje que ya he creado, sin su pasión por esta tierra, por estos montes, por las ruinas que hoy visitamos, por las etnias indígenas de la Sierra, ni un cachito del interés inmenso que hoy siento por todo lo que tiene que ver con indios, tesoros, masacres, lenguas chibchas, medicinas naturales, culturas precolombinas, se habría despertado en mí.




Día 5 “El Mamey”
Llegamos de vuelta. El caminar ha sido duro pero agradable y a pesar de las diferentes nacionalidades nuestra cuadrilla de expedicionarios ha conformado un buen grupo. Estoy exhausta pero contenta, vuelvo a Santa Marta, a los días de sol dorado, a las noches de brisa, a los ritmos caribeños y a la orilla arenosa del mar azul. La próxima semana bucearé por primera vez, voy a pasar de caminarme los nevados a nadar, a flotar las simas, de una atmósfera de aire a una atmósfera de agua, del nitrógeno y los gases nobles al hidrógeno que acompaña al O. Será el hecho de sentir conciencia de lo que se respira, será la naturaleza que me rodea o serán los descubrimientos diarios, el entusiasmo que no se quiere ir ni yo dejo que se vaya, que me siento más viva que nunca. No es el sudor de un cuerpo samario con el que dancé lo que exudo estos días, es más que agua y sal, es puro gozo.
No sé qué tiene esta tierra, percibo una energía distinta, poderosa. Puede ser que de algún modo todos los milagros de la geografía se vienen a dar aquí, la consistencia majestuosa de la cordillera, el rugido aterrador del mar que, como al hijo de mi protagonista el río, casi me succiona una mañana sin trasnoche de abril, la corriente helada de los afluentes que bajan de la sierra a desaguar al océano, la selva densa y poblada de árboles, de insectos, de aves, de bestias, de hombres... Aquí me siento también más cerca de los astros.  Menstruo con la luna, me regenero y exploto en las noches de menos luz, una simiente muere en mí y renazco, me hago nueva cuando ella crece como una niña que sabe que siempre va a ser niña otra vez. Siento mi consistencia de tierra mojada, mis estratos, mis partes dúctiles que a veces se incendian, se hacen lava, mi núcleo fuerte, férreo, mis contornos, mis huecos, mi matriz. Si pudiera arrancarme un pedazo de bien adentro husmearía de seguro un aroma a minerales en la humedad de una especie de barro, de piedra, de raíces y de musgo. Soy hija de la Pacha Mama, en mí germinarán semillas como florecen árboles de los bulbos de la tierra. El sol me abrasa a veces, me da vida y me destruye, pero lo necesito inexcusablemente para vivir. No debo ser la única que se siente así estos días, lejitos de lo urbano, de lo postizo, más cerca del origen. Ahora y sólo ahora comprendo por qué pese a que la luna llena nos acompañó y nos iluminó solamente anoche, en la ciudad de Santa Marta se celebran fiestas en honor a este astro desde hace una semana, razones comerciales existirán pero también esas visiones nocturnas de un astro amarillo que se refleja iluminando el mar oscuro y calmo en medio de la bahía más hermosa de América. 
Daniel nos hizo un regalo anoche. Celebramos la luna llena en un ritual tranquilo con los hombres koguis. A veces una mujer, por ser extranjera, tiene más licencias en esta clase de ceremonias que las propias integrantes de la etnia. En una explanada cercana a las hamacas donde pasamos la última noche se encendió una gran hoguera. La luna desde arriba como diosa en su reino negro de oscuridad brillaba mayestática en un tapiz plagado de enormes estrellas. Desde el banco de madera en el que me senté junto a Daniel visualizaba el cielo abierto en círculo a través de los espacios que la vegetación altísima dejaba libre.
Frente a nosotros, las vestimentas blancas de los koguis tornaban a veces en colores dorados por el calor naranja del abuelo fuego. Sus melenas negras abundantes, algunas sueltas, otras recogidas en coletas bajas, parecían de plata a la luz blanca de la luna. Todos tenían consigo sus bolsos llenos de hojas de coca, de vez en cuando arrimaban una piedra bien roma del tamaño de un puño al fuego, la calentaban y la metían en el bolso. Así, calentita, es que se mezcla con las hojas de coca que contienen para hacer a las hojas amarillear, madurar, a un ritmo más rápido del que marca la naturaleza. Todavía siento el sonido de la hojarasca al son con el que los indígenas movían sus bolsos. La hoja de coca verde no se mastica, necesita de ese proceso para ser realmente beneficiosa. Estos días la hemos rumiado durante las inacabables caminatas en ascenso hasta Teyuna para aliviar los dolores, pues tiene efectos anestésicos, y también para oxigenar la sangre. Así masticada o en infusión es la medicina natural más completa para los habitantes de los Andes, espina dorsal de Sudamérica, cuyo comienzo o cuyo final es precisamente este, la Sierra Nevada de Santa Marta.
Me sentía cansada después de los días de camino y las noches casi en vela dormitadas en hamaca pero esa noche sin sueño espabilada con el poder de la luna y el sabor amargo de las hojas de coca, terminé de tejer con los retazos de las conversaciones de Daniel la historia de Teyuna, la Ciudad Perdida de los tayronas que las etnias indígenas descendientes de esta cultura precolombina de la Sierra Nevada de Santa Marta lograron ocultar al hombre blanco por siglos, y que a día de hoy es considerada una de las Siete Maravillas de Colombia. Observaba a los indios tranquilos sentados junto al fuego moviendo sus bigotitos al masticar de las hojas, cebando sus poporos*, hablando en voz muy baja, riendo a veces.
- “Son seres de otro mundo Daniel”
- “¡Ajá! Definitivamente lo son mujer. Ni siquiera se consideran ciudadanos colombianos, son koguis, se rigen por su cosmovisión, conciben el tiempo y el pensamiento en espiral, veneran dizque** a la tierra, al agua, al fuego, a los astros, viven como vivían sus ancestros muchos siglos antes de que tus antepasados vinieran a- me muestra las palmas de sus manos y abre comillas con sus dedos- descubrirlos”




 * poporo: recipiente de calabazo que representa el cuerpo de la mujer, el cual contiene cal extraída de conchas marinas quemadas. Esta cal se saca con un palillo mojado en saliva y se mezcla en la boca con la hoja de coca que los indígenas de la Sierra Nevada mastican constantemente. Esta mezcla de saliva y cal ayuda a extraer los alcaloides de la hoja de coca. El poporo es de uso exclusivo para los hombres y es considerado símbolo de salvación de almas, se entrega al indígena cuando alcanza la edad adulta y el matrimonio. Es en la forma que el poporo va adquiriendo a lo largo de su vida con los restos de saliva y cal que el indígena va sacando de su boca y pegando alrededor del mismo, donde está determinado su destino y el de la comunidad.
** dizque: expresión vigente en amplias zonas hispanohablantes de América. Procede de la unión de la forma arcaica "diz",  forma abreviada  de "decir" (dice/ dicen) y la conjunción "que"




domingo, 28 de septiembre de 2014

In memoriam

Ay Gabo, que te fuiste y me quedé muy triste. Te fuiste a morir carajo el mismo día en que cerraba tu soledad de cien años para leer a otro grande, Vargas Llosa, el mismo día en que el avión en que volaba planeaba los Andes rumbo al Cusco y yo me arrullaba el corazón que se me había quedado pequeño y hecho bolita, al despedirme con la promesa de pronto volver de tu Colombia la bella. Allá en el Caribe, donde el Magdalena, allá donde los atardeceres son más rojos, la sierra y la jungla se mezclan con el azul del mar, allá donde los tiburones sólo salen puntuales a las cinco de la tarde... allá. ¡Ya fue!- Me dije- ya leí y releí al Gabo, no más guerras de Macondo, no más coroneles sin cartas, no más putas tristes, no más patriarcas en otoño ni muertes anunciadas, no más hojarasca ni naufragios cercanos a las costas de Cartagena, no más amores coléricos que duran toda la eternidad. ¡Ya fue!- Me dije. Y en ese avión, ya sobre los contornos del Perú abrí "La ciudad y los perros" de el de Arequipa y te despedí al literiario modo sin saber que verdaderamente te estabas yendo de esta realidad mágica que es la vida.

He regresado al Caribe, por eso es que puedo escribir ahora. Se me había atragantado todo como rollo 'e mazorca. Se me quedaron adentro, mezclados, enmarañados como pescaítos en redes de Sisihuaca, Neguanje o Bahía Concha tus letras y los paisajes, la música y la gente, el olor del mar y el sonido de los cocoteros cuando sopla la brisa, el sol encendido ocultándose en el Morro de Santa Marta, los pregones de la calle, el dulce de las frutas, el vallenato en cada estadero, en cada esquina y la alegría de vivir. ¡Cómo disfruto Colombia leyéndote! vuelvo y demoro en Cartagena paseando por el Portal de los Escribanos, viendo a Florentino Ariza escribir sus carticas de amor para novios principiantes, por el Portal de los Dulces imaginando a Fermina Daza aprovisionando la despensa de su casa frente al Parquecito de los Evangelios con cocadas, casadillas, arequipe, pan de yuca, bolas de harina, caballitos, delicias de guayaba, panelitas, "alegría alegríaaa con coco y anís, caserita cómprame a mí que vengo del barrio de Getsemaní".
Cómo me abraso en vida con la inclemencia del sol de las dos de la tarde caminando por la ciudad, solo por comprobar que es cierta esa caribeña costumbre de dejar puertas y ventanas abiertas a pesar de la canícula, ese hábito que en la casa de La Manga de Juvenal Urbino no se estiló nunca y fue por eso la casa más fresca de toda Cartagena... Observo a las familias, numerosas, por eso que en las tiendas y en los supermercados Éxito todo se vende en paquetes grandes, el arroz, los frijoles, hasta la granola, de a kilos, siempre dos por uno o tres por cinco, promociones para alimentar a verdaderos regimientos. Abuelas, niños, sentados en mecedoras de mimbre viendo televisión a través de esos hogares desentrañados, muros y suelos de tableros de ajedrez sin secretos, expuestos, donde la verdadera vida del Caribe se me revela absoluta a fogonazos, como un reportaje de fotos costumbrista, sin pretenderla, hecha imágenes vivas de lo puramente cotidiano.



Me voy al mar, me ensueño en isla Barú, pero es en Santa Marta donde me he enamorado definitivamente de esta costeña Colombia, en la ciudad más antigua de tu país, con su pasado andaluz, allá donde murió Simón Bolívar, el Libertador. Acá desde donde escribo porque regresé Gabo, y es por eso que puedo publicar ahora que han dejado de atragantárseme las emociones y comprendo un poco más a esta tierra intensa donde tu realismo mágico no resulta tan sobrenatural y donde tus textos cobran todos los sentidos posibles.

 

Santa Marta, en el departamento del Magdalena, con su bahía honda y hermosa y sus ocasos encarnados, su Sierra Nevada y su selva misteriosa, sus ríos y su mar Caribe hermano, sus samarios, sus campesinos y sus indios es un lugar al que tantos detestan como adoran, yo pertenezco al segundo grupo. Cómo continúo el gozo leyéndote aquí, buceando sin apnea en Isla de Aguja, viendo la luna llena más bruja que recuerdo camino hacia la Ciudad Perdida de los tayronas, allá en la selva alrededor de una fogata aprendiendo a masticar coca con Daniel, mi guía campesino y algunos indios koguis.Cómo le canto a la vida en ese mar de corrientes inexploradas y peligrosas de Los Ángeles, Costeño, Palomino, el mismo mar que un poco más al sur se tragó al A.R.C. Caldas y escupió cerca de Turbo a Luis Alejandro Velasco para hacerlo primero naufrago y después héroe... Santa Marta, catedral blanca, pasado colonial, días en el mar, en Rodadero, Belo Horizonte, Sierra Laguna, "pa' llá pal aeropuerto es que están las playas más solas mi amor", días soleados de colombiana amistad y conversaciones cargadas de una pragmática simpleza que siempre me reedifica el esquema mental y a veces hasta me desarma. Santa Marta, resuello y sudor en la infinidad de escaleras de Teyuna, el infierno verde, la ciudad perdida de los tayronas, Santa Marta ¡rumba! salsa y champeta en La Puerta, cuerpo con cuerpo, sudor con sudor "se prendió la rumba mami", caderas sueltas, caribbean flavours, sonrisas blancas y ritmo caliente, tropical, la vida donde está la vida, a pie de boliche, de estadero, a pie de calle. Santa Marta, limonada de cereza, helado de arequipe y maracuyá, raspao de mora, juguito de lulo en el Parque de los Novios, almuerzos corrientes con pescado fresco regados con aguitas de panela; cayeye, carimañola, arepas de huevo, arroz con camarón.

 

El ser humano siente nostalgia hasta de lo que no conoce y yo ya tenía morriña de esta tierra de la que me enamoré contigo Gabo, solo vine y regresé siguiendo el instinto a comprobar cómo era lo que ya sabía. Los rostros samarios, mezcla de indígenas, africanos y españoles, tan morenos, tan caribeños, tan lampiños me hacían emocionar al principio porque eran justo así como los había venido recreando en la lectura de tus libros, las sonrisas blancas y los ojos negros, la alegría dibujada en las facciones y un servilismo extremo "a la orden". Pero si hay algo que me ha emocionado casi más que la gente son los paisajes imposibles entre los que me encuentro, sierras pobladas de indígenas, jungla, playas mansas, playas bravas, salvajes, inmensas y los grandes ríos que se mezclan con el mar dando lugar a panoramas de una belleza descomunal.




Pero fue en Salento Gabo, allá en la zona cafetera, donde te leí con mas fruición, donde la vida empezó a dar señales el día que llegué a la finca de Gabriel, un colombiano alegre que me dijo: no parce, aquí no hay wifi, aquí se viene a descansar de esas vainas. Cómo te leía esas noches de estrellas y luna casi llena, con tanto amor febril como Florentino Ariza escribía cartas a Fermina Daza,  cómo amanecía de contenta en ese aire puro escuchando sólo pájaros y chicharras, aún embotada con el sonido arrastrado en la memoria de las palabras leídas horas antes. Cómo me agarré a ti después de dejar la bulliciosa Santa Marta, al dejar de sentir la brisa y las brasas que me refrescaron y me calentaron el corazón a partes iguales durante más de veinte días.
Un martes la luna se hizo llena y se tiñó de sangre en un eclipse mágico, yo viajaba en un bus nocturno a Bogotá y te leía insomne con toda la pena de tener un techo sobre mi cabeza que me impedía contemplar el fenómeno que hacía que la oscuridad fuese un poco más roja. No pude entonces entender el luto fastuoso que el cielo, prematuro, ya te rendía. Me alejaba cada vez más de tu Caribe, de las ciénagas, del Magdalena, de tus escenarios cotidianos tan gozados y tan descritos, me iba del Quindío donde en parte también te encontré en esos señores que a caballo se levantaban el sombrero para saludar, se componían el bigote y el poncho y afianzaban a modo de masculino respeto el puño de sus machetes, allá donde también descubri graciosa barecitos con el nombre de Macondo.
En ese avión que planeaba los Andes me fui alejando sin remedio hacia el Perú, dejando también tu universo literario paso a paso, con algo de nostalgia, con la conciencia de un pequeño duelo. Y aquí en el Cusco me hallo maestro, respirando a duras penas el aire delgado de la cordillera, boqueando como un sargo fuera del mar mientras mis compañeras de habitación duermen. Aquí me encuentro, escribiendo a oscuras esto que se me viene, rindiéndote un humilde homenaje póstumo, aliviándome también la impresión de que te hayas ido justo cuando te he dejado de leer, agradeciendo tus libros y la senda que me abrieron hasta alcanzar una especie de dicha sin limites. Y aquí estoy hoy, recordando también esas críticas de viejo verde, pervertido e inoportuno que te lanzaron cuando ya mayor te confesaste en las memorias de esas putas que hoy no pueden estar mas tristes. ¡Como si para escribir bien uno también tuviese que ser ejemplo de recato, perfecto ser vivo, impecable persona! Quien se interese por tu vida debe hacerlo para entender mejor tu obra, y es que tú artista, fuiste humano con todas las miserias de humano que todos tenemos, ¡por eso es que te has muerto carajo!


martes, 2 de septiembre de 2014

Kuna Yala, sorteando el Darién

Panamá y Colombia comparten la frontera más impenetrable y complicada de América Latina, el tapón del Darién, una selva densísima que funciona como barrera natural entre el centro y el sur del continente y donde la carretera Panamericana, columna vertebral de los dos hemisferios se termina. Hay diversas teorías de por qué esta ruta terrestre permanece cerrada. Razones económicas, ya que abrirla supondría una vía de comunicación y conexión barata entre personas del sur al norte y del norte al sur de las Américas, lo que podría agravar los problemas migratorios, y de transporte de mercancías; para comprender esta última razón les insto a leer de nuevo la entrada sobre el Canal de Panamá, cuya importancia en el tránsito de bienes de un hemisferio y de un océano a otro es vital y exclusivamente recaudadora. Hay razones políticas y obviamente económicas, como la presencia de guerrillas y paramilitares en la zona, lo que hace que cruzar el tapón, incluso a pie sea peligroso y poco recomendable. Y por último se arguyen razones medioambientales, ya que el Darién es una de las zonas con más biodiversidad del planeta. Sea como fuere, benditas sean por una vez las razones económicas y de política internacional que mantienen esta región selvática virgen e inexpugnable.

He visitado tantas veces Colombia a través de las páginas de mágicos libros que hablan de amor y de honor, que la jungla insondable del Darién se convirtió en mi principal escollo a la hora de cruzar la frontera real y pisar de manera auténtica el  país de García Márquez, el vallenato y el café tinto. Así que para arribar a esos parajes soñados valoré dos opciones, o bien el avión, rápido, caro y sin ningún atractivo especial, o el barco, más lento e igualmente caro.

Hace años, en uno de esos programas de españoles viajando por el mundo que tanto daño le causaban a mis ansias de conocer, vi un reportaje donde una chica del instituto donde cursé mi bachiller, que se había afincado temporalmente en Ciudad de Panamá por una beca de estudios, mostraba un archipiélago exótico y hermoso a rabiar, Guna Yala.
El reportaje me dejó impactada, primero me quedé pegada a la pantalla de la televisión porque me sorprendió ver a esa joven en aquellas latitudes, la última vez que la había visto había sido años atrás en los pasillos atestados de humo del instituto. En casa, frente al televisor medité un momento en cómo de repente se pierde la pista a esas personas que sin quererlo ni merecerlo forman parte de la rutina, hacen más rico el atrezzo de nuestras vidas, de nuestro día a día y de pronto, de una manera tan sutil como llegaron se van sin hacer daño ni ruido, suave. Se van pero se quedan ahí, como el sonido del mar redunda en las caracolas, tan insignificantes como siempre fueron en los recónditos vericuetos de la memoria, para por si un día regresa el recuerdo en forma de olor, de canción, en forma de visión real o televisiva, para hacerla a una plantear cuántos años hace desde que todo aquello sucedía y cómo el tiempo, implacable, bifurca las vidas y las cruza a su antojo o las desliga para siempre, de un tajo, como se interrumpe rotunda la Panamericana en la jungla espesa del Darién. No me volví a olvidar de aquella chica, no conozco su nombre pero poco importa, porque aquel día me prometí a mí misma que yo también, sin prisa recorrería aquel archipiélago, que yo también me abrasaría al sol bajo el mediodía eterno de aquellos mares turquesas y aquellas islas de arena blanca centelleante, y que yo también compartiría el espacio con aquellos seres que me hechizaron a través de un programa de televisión, los indios Kuna.
San Blas o Guna Yala es un archipiélago de unas 360 islas, una para cada día del año dicen sus habitantes, extendidas sobre el mar Caribe al este de Panamá. Se encuentran en la vía marítima que lleva hasta Colombia, por lo que a pesar de que el barco era una opción tan cara como el avión y mucho menos rápida decidí emprender la aventura de navegar durante cinco días, que finalmente fueron seis por otro de los lugares al que sin titubeos se puede llamar paraíso. Era, al igual que Colombia, un sueño pendiente que no imaginaba iba a llegar a realizarse tan pronto. En Ciudad de Panamá hay diversas agencias y hostales que organizan las travesías por mar desde El Porvenir, capital del archipiélago kuna hasta Cartagena de Indias, ya en la zona del Caribe Colombiano. A la vuelta de Bocas del Toro, el otro archipiélago principal destino turístico antiguo imperio bananero del país donde el escritor Tristán Ullarte ambientó su libro El Ahogado, mi único empeño en la ciudad sofocante de Panamá era encontrar un barquito que me llevase a Colombia. Demoré más días de lo previsto porque todos los trayectos estaban atestados, días previos al carnaval en los que en contra de lo sospechado, muchos turistas huyen en hordas del bullicio de Panamá City y los propios panameños se regalan el lujo de cruzar al país vecino navegando durante cinco días a través de aguas transparentes, donde “caretean” que aquí es lo mismo que hacer snorkeling pero en castellano que no aparece en el diccionario, y se asolean en islotes desiertos adormecidos por el sonido de las olas y una brisa tenaz que mece los cocoteros.

En la espera de una plaza en la embarcación que me llevaría a conocer a los kuna conseguí dar un empujón a este blog, dichosos días con wifi donde el ocio era aislarme a transcribir, pulir, poner fotos y lanzar a la red, con la sensación satisfecha de haber alumbrado, un diario de lápiz y papel. Escribía en restaurantes y cafés con aire acondicionado porque el calor en el hostel hacía sudar y gandulear hasta a las musas de mi inspiración, y en esos lugares situados en plena City asistía sin pretenderlo a conversaciones de negocios, algunas entre españoles y panameños, que aún ahora al recordar me arrancan una sonrisa porque me hacen volver desde un presente maravilloso a una vida anterior, a las fechas, a los plazos de entrega y recepción de las mercancías, a las formas de pago, a los documentos y a las tensiones que hacían alargar los días hasta romperlos casi a base de trabajo y recortar las noches hasta dejarlas sin horas apenas para dormir, que hacían apretar los dientes y el culo a una silla para resolver los problemas y cuantificar las ganancias de otros por los que yo además pagaba con dosis de mi buena vista, que claro está ya no es tan buena, de mi juventud y hasta de mi alegría. Eso sí, también por eso cobraba en dinero.
Conseguí mi pase a bordo aunque, me advirtieron al contratarlo, con varias salvedades. Cruzaría la frontera colombiana pero no llegaría vía marítima hasta Cartagena de Indias, mi viaje terminaría en un pueblito enclavado entre la selva del Darién y el mar, Capurganá, que en lengua kuna significa "tierra de ají". La otra diferencia en cuanto a las travesías más frecuentes es que la embarcación donde iba a navegar era un velero pequeño con capacidad para ocho personas, en vez de un gran catamarán donde además de los pasajeros y el capitán viaja un staff de cocineros y personal, altavoces y duchas al servicio del viajero, que claro está es el que paga. Había dos cosas más que no me contaron y que descubrí el mismo día que embarqué cuando una furgoneta vino a recogerme al hostel de la madrugada y es que era la primera ruta a través del archipiélago para nuestro canadiense capitán, nada de nativo panameño, mucho menos indio kuna, y que los demás tripulantes de la embarcación eran puro hombres. Me lo advirtió al verme salir del hostel Ian, el capitán, que sabía que yo no sabía, antes de subir a la camioneta. Le miré a los ojos azules, un muy buen hombre. Asomé la cabeza al vehículo para inspeccionar a mis compañeros de travesía, algunos dormían como bebés. Subí.
Hay dos frases que llevo grabadas a fuego desde que tengo uso de razón porque las aprendí en casa, las asimilé como el hablar a base de reiteración y que son emblemas, el leitmotiv de la persona que hoy soy, "el saber no ocupa lugar" y "la primera intención es la que vale". Decidí sin pensar, hay quien a eso le llamaría buena vibra, corazonada, otros simplemente dirían que fue la intuición. Sentada ya en la camioneta reflexioné en que no había pagado mi crucero y en que aún podía recular. Sin embargo no lo hice y sin haber augurado ni por asomo la magnífica experiencia que el destino me iba a regalar me compuse para el largo viaje, cinturón de seguridad, una pastilla contra el mareo y la ilusión intacta de esos días en los que aprendía a vivir y a hablar.

Tras un zigzagueante camino en carretera, donde ya entramos en territorio Guna Yala llegamos a Cartí, el primer puerto en el que iniciaremos nuestro recorrido.

A la orilla de un río varios grupos esperan para cruzar, un nativo anciano llamado Gustavio nos indica subir a un cayuco de madera en el que seguimos hacia el mar a través de una maleza espesa que inunda el cauce en sus dos orillas. En la desembocadura embarcaremos por fin en nuestro velero rumbo a El Porvenir, la capital del archipiélago donde se llevan a cabo los trámites aduaneros y que sorprendentemente alberga el Museo de la Nación Kuna y hasta su propio aeropuerto.

Guna Yala es un estado independiente dentro de la República de Panamá, gobernada de manera autónoma por los caciques indígenas mediante el Congreso General Kuna, creado en 1953. Es el mismo pueblo kuna quien mantiene la propiedad de sus tierras y las explota, razón por la que no existen hoteles en el hermoso archipiélago.

La región se llamó San Blas hasta 1998 que pasó a designarse por su nombre nativo, Kuna Yala, años más tarde se adoptó el término Guna Yala, puesto que en realidad el sonido k no existe en la lengua de los aborígenes; aún así muchos de los propios kunas son contrarios a utilizar el nuevo apelativo. Es mediodía cuando arribamos a otra islita poblada, donde comemos un almuerzo de 9$ (algo caro para la calidad) a base de pollo, arroz y patacones, paseamos por las escasas calles de un poblado, compramos unas langostas para cenar en el barco y jugueteamos con los niños que bajo el sol inclemente del mediodía corretean a nuestro alrededor haciendo bromas a Natsuky, un tripulante nipón, por alguna razón que desconocemos les resultan realmente graciosos sus japoneses rasgos. Ahí tenemos el primer desencuentro con los adultos kuna, no se dejan fotografiar si no es por un par de dólares y resultan realmente huraños en el trato. Entiendo que están cansados de que su paraíso sea difamado por montones de extranjeros que con cámara en mano pretenden inmortalizar lo que es su día a día, pero en realidad el modo de subsistir de este pueblo hoy por hoy es el turismo, a pesar de que es una cultura autárquica cuya dieta consiste en pescado, marisco, plátano y coco básicamente. El pueblo Kuna es un pueblo fuerte que ha mantenido su idiosincrasia y su cultura a base de determinación y derramamiento de sangre. En sus conquistados orígenes perteneció a Colombia, quien la reconocía como demarcación independente, pero a principios del siglo XX ésta perdió la jurisdicción sobre el archipiélago a manos de Panamá, lo que provocó la pérdida de los derechos reconocidos a los indígenas. La comarca dejó de ser comarca y comenzaron las presiones para “panamenizar” a la población, llegaron también las concesiones bananeras, antiguas conocidas de estas páginas, y con ello los abusos policiales. Esta situación provocó la Revolución Kuna de 1925, donde se produjeron sangrientos enfrentamientos.
 
Da que pensar lo relativo que se vuelve todo cuando uno emprende la apasionante tarea de viajar por el disfrute de conocer. La bandera de la Revolución Kuna es enarbolada en muchas de las lanchas que los indios utilizan para desplazarse en su territorio de agua salpicada de terruños, y es similar a la esvástica que portaban los Nazis en la Segunda Guerra Mundial. Esto es algo que con fundamento nos sigue horrorizado a los occidentales, aunque no deja de ser un símbolo frente a los conflictos contemporáneos, matanzas de civiles, llámese Palestina, Siria, Iraq, Venezuela, Sudán o Mali, que nos horrorizan por igual o a veces incluso menos que la visión de un simple trozo de tela. Nada más lejos de la realidad, el símbolo de la Revolución que nos atañe representa un pulpo.
Al cese del conflicto, el gobierno panameño se comprometió a proteger las costumbres kunas y expulsar a la policía nacional de la región a cambio de que éstos aceptasen el sistema oficial de educación en las islas. Es comprensible la actitud hacia lo que para los kunas es su fuente de ingresos, ya que a pesar de ser una fuerza frente a país al que pertenecen, supone también una amenaza constante, tanto para la forma de vida propiamente dicha de la etnia como para el medio privilegiado que habitan. El indio Gustavio nos explicó que los ancianos kunas temen a que en el futuro próximo las generaciones más jóvenes comiencen a vender sus propiedades a los extranjeros para la explotación turística, razón que explica la animadversión que acusamos durante toda la travesía. Vayan mis respetos hacia el pueblo kuna, al que conocí a través de un reportaje de televisión y admiré recorriendo su edén de agua salada, arrecifes de coral y cocoteros.
Ser tripulación en el trayecto a través de San Blas a bordo del Jus' pas' in through significa ser viajero y staff a la vez; significa que uno puede marearse mientras el barco atraviesa olas camino al paraíso; que uno puede nadar y sentirse Robinson Crusoe entre islotes desiertos atestados de palmeras una vez se ha llegado al edén; que uno puede "caretear" como buen colombiano todo el tiempo que quiera; que uno puede y debe estar sin bañarse en agua dulce seis días quiera o no quiera, porque el velero es tan pequeño que no tiene duchas; y también significa que uno tiene que preparar la comida con el resto de sus compañeros de tripulación porque no hay nadie que lo haga para uno; que uno tiene que limpiar los platos en el mar después de comer; que uno tiene que utilizar el mar como aseo porque el aseo del Jus' pas' in through está roto; que uno tiene que pasar un poquito (que diría el hebreo Rotem) de hambre y alargar lo que hay para seis días en vez de los cinco previstos porque un día el barco se avería atracado cerca de un islote llamado Guanidup y los kunas a los que pedimos ayuda yendo en barquita hacia otro islote poblado, tan hartos de turistas ellos, no nos traen la comida que prometen traer desde otra isla; significa incluso llevar el timón por turnos el penúltimo día y la última noche y la última mañana del último día. Ser pasajero en la primera travesía del Jus' Pas' in Through implica también haber participado de una experiencia inolvidable, de una convivencia única con siete hombres entre los que por qué no decirlo, me siento una reina de los mares, una sirenita de Hans Christian Andersen, una Penélope entre piratas. 
Mis presunciones fueron ciertas, no podría haber escogido mejor casualidad que la de embarcarme en este velero, el carácter de los chicos resulta totalmente complementario y entre todos formamos un equipo estupendo. Me conceden caballerosas licencias, como no lavar los platos después de comer o dormir con el estómago en la boca en un camarote que se balancea como un columpio mientras ellos se turnan con el capitán para llevar el timón el día y medio de navegación en alta mar que nos resta, cuando una vez reparado el barco por un mecánico caleño que con mucha dificultad Ian hace venir desde Ciudad de Panamá, ponemos el rumbo directo hacia Colombia. Ian es un canadiense vegetariano de pensamiento hippie, libre, naturista, que gusta de vivir en el velero y dormir bajo el cielo observando las estrellas, también toca la guitarra, por lo que en las veladas en que el Jus' está ancorado las canciones del cantautor hebreo se intercalan con música country, mientras todos yacemos boca arriba, arrullados por el apacible mar, oliendo a humedad, a sal y a vida a la intemperie de las ochenta y ocho constelaciones del firmamento, son días de una paz infinita, son días de luna nueva.

Encajamos a nuestra primera noche entre dos islotes, el mar nos acuna como si fuésemos los hijos habidos de sus desmanes con Neptuno. Navegamos la mañana del segundo día hacia una islita llamada Guanidup donde nuestros comportamientos llegan a hacerse rutina, pues pasamos tres días con todos sus minutos y sus horas, que no llevamos en cuenta, fondeados en ese cayo al que llamamos “nuestra isla”. Las mañanas plenas de sol saltamos al mar para refrescarnos, para despertarnos, para lavarnos, todo es una fiesta, preparamos el desayuno a base de frutas y deloquehaya, la comida favorita de nuestro capitán. Según Ian la frugalidad en el comer es la mejor manera de mantenerse sano y joven, algo en lo que estoy en parte de acuerdo pero que al resto de la tripulación hace rugir sin perder el buen humor, al son de sus propias tripas. La sangre nunca llega al río, mis internacionales piratas del Caribe son más pacíficos que el mismísimo Jack Sparrow. Son días de convivencia, créanme que el gozar de un mar y un cayo, además de un velero y una barca todo para nosotros no hace que la sensación que se tiene sea la de estar cohabitando con el universo entero, muy al contrario uno se siente en un espacio reducido y sin ningún tipo de intimidad. "Nuestra isla" es tan pequeña que no hay manera de ocultarse en ella, si hay alguien en el punto más remoto se puede divisar desde cualquiera de sus orillas, así esté agachado satisfaciendo alguna necesidad básica, y el mar es tan claro que incluso evacuar abono y manduca para los peces requiere de nuestras habilidades como nadadores para irnos lejos, allá donde uno siempre piensa que pueden haber (y los hay) voraces tiburones. Huelga decir que las parcas raciones con las que me mantuve los seis días de la expedición por el mundo kuna llegaron intactas a Colombia, mis primeros recuerdos de Capurganá son la tierra firme moviéndose bajo mis pies y unas ganas espantosas de explotar.
El mediodía del cuarto día, cuando todos estábamos dispuestos para zarpar y nos habíamos despedido con cierta pena de "nuestra isla" el Jus' Pas' in Through decidió quedarse una noche más. Fue una odisea lograr que el mecánico de confianza de Ian llegase hasta Guanidup, ya que nuestro capitán no logró arreglar la avería, la señal del teléfono era muy débil y los días de carnaval en Panamá City tenían al técnico caleño en un estado de embriaguez constante, tanto que cuando el anciano kuna Gustavio lo trajo a nuestro encuentro después de numerosas llamadas y salvados todos los inconvenientes, el de Cali quería continuar la fiesta en el velero y convenció al joven Tiziano de regresar con él para disfrutar de las delicias del carnaval. Ese colombiano de unos cincuenta años estaba disfrutando su segunda juventud, o quizá la juventud que quién sabe antes nunca tuvo, emigrado a Panamá, lejos de su familia, vivía con camaradas de profesión en un departamento alquilado donde rodaban las botellas de ron y como él mismo, en un ataque de verborrea achispada nos confesó, las mujeriles compañías. En un principio tomamos el percance del velero con muy buen humor porque no teníamos prisa en abandonar el edén, teníamos libros, gafas y aletas para "caretear", protección para el sol y música, pero las viandas en el barco estaban parcamente dispuestas para los cinco días de duración del trayecto y el quinto día lo pasamos ya apenas sin comida por la voluntad firme de tratar mal al turista de algunos integrantes del pueblo kuna y el hambre voraz de la tripulación, que no contenta con las raciones que nos asignaba el capitán solía (-mos) tomar tentempiés a deshoras. En nuestro día sin provisiones dormitamos en la cubierta del barco y en nuestro cayo querido, y ya anochecido llegó la lancha que esperamos durante toda la jornada con plátanos, que no bananas, cuando el crujir de nuestras tripas comenzaba a ser más obstinado que el propio rugido del mar. Los plátanos fritos, patacones, nos calmaron el hambre, porque crudos nos habrían mandado a ese lavabo que no teníamos o que teníamos en toda su inmensidad, y sirvieron de carburante a una noche de navegación dura donde los hombres, ya sin Tiziano, se fueron turnando progresivamente el timón mientras yo dormitaba a ratos, en un vaivén que me mecía y me daba la vuelta y me retorcía hasta las mismísimas entrañas.
Azar o no, suerte o repetición, a la mañana siguiente, cuando ya cerca de Capurganá todos observábamos maravillados las frondosas costas donde desembocan las sinuosas espesuras del Darién, un banco de delfines vino a acompañarnos durante un buen trecho de viaje. Fue el colofón perfecto a un puñado de días y circunstancias extraordinarias, en los que sin apenas comodidades el contacto directo con la naturaleza y con el ser humano fue en exceso puro. Contemplando a los delfines e imaginando a las tribus que aún habitan la jungla apenas explorada que se mostraba a nuestra derecha comprendí de una vez que el ser humano es un animal más al que el lujo proporciona confort pero no felicidad. Entendí que sólo en las situaciones difíciles uno puede verdaderamente reencontrarse consigo mismo y que recorrer la dicha, alcanzar la gloria, está en la unión sin intermediarios con la naturaleza, pero sobre todo está en esas porciones de gestos sencillos que a los seres vivos nos acercan.
 

 



jueves, 10 de abril de 2014

Magdalena y el Canal de Panamá


El día en que regresé a Ciudad de Panamá para visitar el Canal y saltar de ahí a Colombia pedí a un jovencito rubio que me hiciese una foto en la estación de Almirante, si se le puede llamar estación a una oficinita de paredes pintarrajeadas con las rutas de los buses de compañía Tranceibosa. Llamó mi atención que el chico viajaba descalzo, me causó simpatía porque pensé entonces que cada uno es libre de expresar que se siente precisamente así, liberado, como buenamente se le antoje. Días después, sin saberlo volveríamos a cruzarnos y compartir una de las experiencias más valiosas que he tenido desde que comencé este viaje, pero eso os lo contaré en la siguiente entrada.

Hice el trayecto inverso de dos semanas antes, desde Bocas hasta Ciudad de Panamá en el autobús refrigeradora ataviada en pleno corazón del Caribe con mis mejores ropas de invierno, calcetín de montaña, pantalón largo, sudadera y forro polar, bufanda y guantes. Esta vez no pase frío pero tampoco dormí, olvidé los tapones para los oídos. Temas de Pimpinela, Rocío Jurado e Isabel Pantoja sonaron toda la noche mezclados con otras canciones típicas salseras y reggeatoneras de estribillos imposibles, “si eres una mujer igual que cualquier otra, tienes dos ojos, un cuerpo, una boca” ó “ay no me importa si eres una perdida, si bebes y fumas esa es tu vida, pégame tu vicio sí, el vicio de tus labios, ven pégame tu vicio please”. Exceptuando el romanticismo empedernido de los clásicos, la temática general de la noche fue un surtido repertorio de letrillas sobre el jueguito de la seducción, lujuria y celos. Me contó Juan, un venezolano de cuarenta y tantos que trabaja en el hostel de Bocas y que solía sentarse a hablar conmigo por ser de las pocas huéspedes que hablaban su idioma y digo yo que por la confianza, dado lo prolongado de mi estadía, que él se enamoró perdida y románticamente de su esposa cuando ambos eran adolescentes porque por entonces todos los temas que se escuchaban cuando salían a parrandiar versaban sobre el amor. "Ahorita no- me contó-, hoy en día todas las canciones hablan de culiar no más, de usar para el sexo y botar, y así andan pensando los jóvenes". Y yo me pregunto si fue antes el huevo o la gallina, si es la música la que en este caso no amansa a las fieras sino que las incita, o son las fieras las que de tanta pasión de usar y tirar provocan (qué verbo más acertado) ese tipo de música instigadora. Sea como fuere mi martirio de vuelta en buseta helada duró una hora menos que la ida, hubo más velocidad y menos paradas en el camino ya conocido, pero las casi diez horas de viaje me dieron para reir para adentro e incluso para derramar algunas lágrimas de sueño y de la alegría simple de verme en un vehículo atestado de gente atravesando el país que parte América en dos, cosas de la luna, lo de llorar digo. Y cosas de Magdalena, cuyo recuerdo vivifiqué gracias al perfume dulzón de la señora robusta y morena con la que compartí asiento y a la que un poco por aburrimiento un mucho por fisgonear sus conversaciones de whatsapp desde mi asiento inclinado, construí un árbol genealógico de primera. Algún día os contaré quién es Magdalena y por qué ella está presente en muchos aspectos de mi vida y en especial en este viaje, aunque para descubrir bien su historia tendría que haberle inventado un nombre y una familia a ella también.
Lo primero que me llamó la atención de la señora robusta y morena que olía a Magdalena fue que chateaba con un tal bebé, por un momento tuve el pensamiento ilusiorio de poder hablar con Hugo, mi sobrino de siete meses sin intermediarios, esto es sin que sus padres lo sujeten en brazos para que lo vea tras la pantalla de un ordenador, ¡bendita tecnología! chatear los dos, él enviándome fotos de su cara de ángel y escribiendo tatatatata y yo contándole todos los lugares a los que voy a llevarle cuando tenga la edad para apreciar la belleza y también el peligro en la gente y en las cosas. Pero esta ilusión de un momento se esfumó cuando al fin pude leer desde mi garita de guachimana (véase la entrada número uno de este blog donde se explica este término) parte de la conversación de la señora con su bebé, "Le dejé la cena tapada en la cocina, pero antes de cenar llévele un aguacate al viejo con la bicicleta" a lo que él contestaba en el momento en que por un bache en la carretera botaba el bus, "Gracias madre", a lo que ella escribió "Que Dios le bendiga hijo". Y automáticamente la señora hace una llamada de teléfono a un señor al que llama papi y le dice que le dejó la cena también tapada en la cocina y que le mandó llevar un aguacate con Yilder al viejo. Por lo que deduzco que Yilder es el bebé que ya no es bebé sino el hijo, que el viejo es el padre de ella, por lo que es el marido a quien llama papi. Y entonces entiendo que no le llama papi cuyo significado podría ser padre, progenitor, procreador, semental, sino un papi con una connotación más sensual, algo así como al que canta Shakira cuando está rabiosa "oye papi vuélveme loca, aruñame en la espalda y mueddeme en la boca".

Mis tareas pendientes en Ciudad de Panamá eran la visita al canal y arreglar el modo de llegar a Colombia vía marítima. Con el segundo asunto tuve problemas por la inminencia del carnaval, ya que estaban todos los botes colmados, por lo que aguanté un par de jornadas en la ciudad sin muchas pretensiones turísticas, solo escribiendo (esos maravillosos tiempos en que llevaba este blog al día), descansando y refugiándome del calor en el aire acondicionado de los centros comerciales de la zona Marbella, donde está el Villa Vento Surf hostel, al que volví por practicidad. Cuando una viaja por largo tiempo y cambia de lugar con regularidad agradece tener pequeños hábitos como orientarse, como llegar a un supermercado o a una farmacia por simple inercia, como saber dónde pararse porque hay un semáforo, en definitiva no andar siempre buscando y buscándose, no andar preguntando o haciéndose la que sabe y mirando un mapa cuando se piensa que nadie la ve.
   
 
Quería por pura curiosidad y capricho pasear el casco antiguo en la tardecita y en la noche, y allí me fui con una chica que conocí en Bocas y con la que coincidí de nuevo en la ciudad. Salimos a tomar algo cuando ya caía el sol, nos sentamos en una terraza tranquilas a beber unas cervezas y a hablar de lo que íbamos a hacer en los próximos meses, cada una por su lado, ella viajando hacia el centro del continente y yo hacia el sur. Una pareja nos observaba desde la mesa de al lado, con una velita entre ellos, él panameño, ella colombiana, de Cali, al cabo de unas balboas conversábamos los cuatro juntos, mi amiga hebrea y angloparlate más asentía que hablaba, como yo aquel caribeño día de aguas cristalinas, arroz con coco y fotos con aspavientos de decir cheese. Al rato y sin saber cómo el chef italiano de un hotel vecino y su joven pinche colombiano que recién cerraban su cocina se nos unieron, fue una noche improvisada de charla en tres lenguas, de risas y de buenos augurios. Sin saberlo yo ya me despedía de Panamá, esa chica caleña y el pinche costeño con sus bellezas distintas pero impactantes, con los ojos chisporroteantes, llenos de vida, con una forma de hablar diferente y una pasión extraña rezumandoles los poros me abrían simpáticos, afables, inconscientes de ello las puertas de lo que Colombia iba a ser para mí en las próximas semanas, un universo exuberante, intenso, amigable y peligroso, no tanto por lo inseguro sino por lo tentador. Una sucesión de vivencias hermosas, fortísimas, concentradas, agridulces e inevitables como un juguito de maracuyá sin azúcar.
 
 Me dirigí hacia la esclusa de Miraflores en uno de los Diablos Rojos porque es el transporte más barato de la ciudad y porque justo andaba saliendo uno de Albrook cuando llegué preguntando cómo ir hasta el canal. Los Diablos Rojos son esos típicos autobuses escolares norteamericanos (estadounidenses) que aquí no son amarillos sino reciclados y tuneados a gusto del conductor. Extravagantes por fuera y por dentro, con pinturas imposibles, colores chillones, frases religiosas y a veces profanas, muñecos colgando del salpicadero, rosarios, cruces, luces estridentes y bocinas con efectos especiales, sirena de coche policial, pitido estrepitoso o el típico silbido que se lanza en la calle cuando un chico o una chica está de buen ver ¡fiu fiuu! El camino en bus, como viene siendo habitual en este blog y en este viaje, lo hicimos con música a todo gas, confieso que ya me gusta, me alegra el ánimo. El Diablo Rojo abarrotado fue una sinfonía de pitidos, cuando las canciones terminaban el conductor hacía sonar la bocina al tempo a modo de calderón final, cuando cruzaba una chica linda algún semáforo tocaba el fiu fiu, la sirena cuando simplemente alguna canción le venía arriba (recuerdo que casi todas)... y así, sonriendo, entre sonrisas muy blancas y pieles más oscuras que la mía llegué a mi destino histórico, logístico, para mi gusto excesivamente turístico. Un cartel alentando sobre la posible existencia de cocodrilos en la zona me sorprendió en el ascenso hacia el centro de visitantes... más tarde entendí que no sólo cocodrilos de piel robusta y grandes fauces merodean y se asolean en los alrededores del canal, otro tipo de hábiles depredadores, más sibilinos recorren desde hace más de cien años los vericuetos legales y también las grutas clandestinas de la gran zanja, movidos éstos no por el olor de la carnaza sino por el poder del dinero y derramando también si es necesario falsas lágrimas de sal.


1513 fue el año en que el primer español, Vasco Núñez de Balboa, cruzó guiado por indígenas el camino original desde el Atlantico hasta el Pacífico sobre el que se abriría el actual canal. Muchos intentos y cuatrocientos años mas hicieron falta para inaugurar la portentosa obra de ingeniería que uniría dos mundos hasta entonces inconexos, salvo por el austral Estrecho de Magallanes, tan lejano y peligroso. Un trabajo titánico pero sobre todo un drama humano y ecológico devastador se me presentaron el día que visité la atracción turística de Miraflores, cuántas vidas, cuántos sueños enterrados bajo los dinamitados cerros de esa zanja inmensa que abre el continente americano en dos, cuantas especies, cuánta natura. En el centro de visitantes me vendieron la fantasía de un canal que cuida la fauna autóctona y la flora en los alrededores de las esclusas, me vendieron la película de la fragosa tarea que finalmente se llevó a cabo gracias a la habilidad de los ingenieros y al trabajo en equipo. Esto último no lo dudo, una se sorprende con la capacidad del ser humano para modificar la naturaleza, para abrir en canal, nunca mejor dicho, a un territorio tan vasto y unir dos océanos y se convence de que la voluntad de uno puede mover montañas pero sólo los brazos de muchos pueden abrirlas, zanjarlas, expoliarlas, minarlas, pulverizarlas. 

 

Sepan que el canal estuvo bajo la jurisdicción norteamericana durante todo el siglo XX bajo el denominado Panama Canal Zone, una especie de colonia dentro del estado cuyos habitantes se hacían llamar zonies y que no fue hasta el mismo 31 de diciembre de 1999 que Panamá pudo ejercer la soberanía total sobre el mismo. Curiosamente, tras los afroantillanos, los españoles, descubridores, invasores, primeros en pisar tierra y descubrir océanos y mares fueron los trabajadores más numerosos en la construcción del canal, "gallegos y otros blancos" eran reclutados en España por agentes del gobierno de los Estados Unidos del Norte de América. Los trabajadores estadounidenses eran digamos "de primer grado" y su salario era denominado gold roll, tenían jornadas de ocho horas; los europeos desempeñaban trabajos más pesados y ganaban el llamado silver roll, trabajaban una decena de horas por día, los afroantillanos recibían la mitad del sueldo de los europeos por el doble de carga de trabajo. Como dato curioso se sabe que los españoles protagonizaron una importante huelga en protesta por sus condiciones laborales y eran considerados como trabajadores capaces y laboriosos, consta en la Comisión del Canal, una racista sinopsis sobre los trabajos realizados, que "su efiacia no sólo es más del doble que la de los negros, sino que resisten mejor el clima". 
En Panamá el canal lo es todo, o casi todo. Y he matizado la afirmación absoluta anterior a propósito porque tomar una opción u otra va a depender del valor que cada uno sea capaz de dar al dinero. El precio medio que paga un barco de unas 65.000 toneladas por pasarlo es de unos 80.000 dólares. 14.000 barcos cruzan el canal anualmente, más de un millón lo han hecho desde su inauguración. Con la ampliación del canal, que culmina este año del centenario de su construcción, se podrá doblar la cantidad de tonelaje anual llegando a los 600 millones de toneladas. 
Les dejo multiplicando y pensando si totalizan o matizan... Yo equilibro, en estos materialistas aspectos soy de grises sí, como casi siempre prefiero no dejarle todo al todo.


lunes, 10 de marzo de 2014

Bocas, el plátano y la vacación


Empecé a leer El ahogado, de Tristán Solarte, una de las novelas panameñas más ilustres, ambientada en la primera mitad del siglo XX en la época de decadencia de Isla Colón tras la crisis del banano. Nunca fui capaz de empezar un libro y terminarlo sin ruido, esto es, sin tener otras obras empezadas y simultanear textos, es así como encuentro islotes a donde arribar cuando me canso de remar lecturas muy pesadas. Digamos que ahora el cauce principal lo marca Galeano, estoy inmersa en Las venas abiertas de América Latina, pero ahí a veces me hundo y hasta me anclo, demasiados datos, demasiada realidad irritante. Necesito meter cuñas, navegar otros mares, pero hace ya días que floto en el mismo hache dos o, es decir, que las aguas se me han mezclado y la corriente de los dos libros me arrastra hacia un mismo nombre: United Fruit Co. Sí, suena a lo que es o más bien dicho fue, multinacional estadounidense (de los Estados Unidos del norte de América). 


Auge y ocaso: La United Fruit Company
Este coloso existió de principio a final del siglo XX, se dedicaba a la comercialización de gentes y frutas tropicales, banana lo que más, y como multinacional que fue adquirió un poder económico y político tal que llegó a condicionar la historia y por ende la vida de todos los países centroamericanos. Abreviando mucho y para situar el escenario al que me traslada la novela de Solarte y para que todos nos sintamos en la misma atmósfera resumiré los resultados del paso de la United Fruit Co. por el fértil caribe bocatoreño. 
Se explotan tierras para el cultivo masivo, para lo que se precisa mano de obra barata. Esto genera el arribo de antillanos y jamaiquinos a las islas, y cómo no, de esclavos negros traídos por sus señores estadounidenses (de los del norte) para trabajar en las plantaciones. La población se convierte en un crisol de razas, los primitivos pobladores, indígenas de las etnias Ngobe Bluglé, Teribe y Bokotá habitan juntos pero no revueltos con descendientes de los británicos que se instalaron en Bocas en tiempos de la invasión española (perdón el descubrimiento). Visto que Cristóbal y sus adeptos pisaron y bautizaron pero no invadieron la región, fueron ellos los ingleses, hijos de piratas y de la Gran Bretaña los que redescubrieron (perdón volvieron a invadir, saquearon y se instalaron en) el archipiélago. 
Isla Colón se ve por tanto convertida en capital multicultural del emporio del banano. La población crece y crece, digamos que ocurre eso a lo que la historia llama auge y de pronto ¡zas! el mal de Panamá, una conocida epidemia sobre las plantaciones provocada por un hongo de nombre feo. Con la epidemia viene la falta de fruta y de plata (de balboas o de dólares, lo mismo da porque claro hay paridad), por lo que no tarda en producirse el abandono de la zona por parte de la compañía, traslado hacia el Pacífico esta vez y la consiguiente y quasi despoblación de la isla. Suelos y sueños agotados, negros abusados que se quedan a sobrevivir de no se sabe bien qué porque allí trabajaron, allí parieron y un reguero de casas desvencijadas, madera que cruje. 
El archipiélago que fue refugio de piratas, los piratas del Caribe, es en la primera mitad del siglo XX morada de cocos.


Ahorita
No, no voy a continuar con la extenuante narración de los que sufren, llámense gente, fauna o tierra y son utilizados por los que escriben la historia, llámense explotadores o historiadores, voy a lo que voy, a los lugares que se pueden visitar en el archipiélago, a las playas de ensueño y a las islas frondosas, a los arrecifes y a los atardeceres y a las formas humanas de acceder a ellos. Pero no sin antes hacer una reflexión, ya saben más uno menos uno es igual a neutro, me fui al pasado, vámonos al futuro para así quedarnos en tiempo presente. Si la ciudad de Bocas ex capital de república platanera y posterior pueblo fantasma que me ha descubierto El Ahogado existió hace cincuenta años, qué será de las islas primer lugar de vacación más importante destino turístico fiestero surfero snorkelero en cincuenta años más... Yo personalmente pienso que el archipiélago es hoy lo que es porque efectivamente se vació y se descapitalizó bananeramente hablando. De haber continuado la fiebre de la United Fruit Co. de seguro sería ahora un muelle mercantilísimo, un lugar superpoblado, en consecuencia de otra manera explotado donde quizá el turista no pudiese campar tan a sus anchas, un lugar más hostil tal vez, más puerto fabril, más desfigurado. Lo que engancha de Bocas es la nostalgia que rezuman sus gentes frente al jovial ambiente en el que sin embargo se desenvuelven; no quiero decir con esto que la nostalgia sea precisamente algo que prenda pero sí que adorna y hace pensar, los negros y los indios que veo en la calle, que conducen los taxis, que construyen las casas, que me llevan en lancha o me dicen mamasita o mamasota, son personas curtidas, férreas, a las que la vida ha vuelto a dar un revés al ser vendidas sus islas a cambio, sin embargo, del propio supervivir. Ahora la United Fruit Co. exceptuando casi todas las colonialistas diferencias, se llama Turismo de Panamá, algo de lo que en honor a la verdad yo, fémina trotamundos, también me beneficio. 
 
 
Decía Solarte, pragmático e irónico que “frente a la muerte, sólo morirse cabe”, por regla de tres o más bien de dos, por suposición evidente o por simple optimismo yo diría que lo mismo se puede aplicar a la vida. Así que he aquí lo vivo, escribo desde un hostel de un lugar que ya no es Bocas (sísísí voy retrasada en la escritura pero es porque llevo muy al día eso de existir). Decía, he aquí lo vivo, a ningún muerto conozco que haya publicado un blog de viaje, así que concluyo, parafraseo y optimizo “Frente a la vida, sólo vivir cabe”.


Parque nacional Isla Bastimentos
Veinticinco dólares la barca más cinco la entrada al parque nacional y lo que cuesta un almuerzo (pescado fresco oiga, y arroz con coco, y por supuesto patacones). Eso pagué por mi primera inolvidable excursión en lancha por los alrededores de Isla Colón.
Nos vinieron a recoger en Pukalani por la mañana y nos dejaron a las cinco de la tarde rojos como langostas (confieso que aquí uso protector solar factor setenta, sí: siete cero) y exhaustos como niños, éramos una variopinta tripulación de nueve, tres norteamericanos de los de los Estados Unidos de América, un norteamericano de Canadá, un australiano, dos chicas noruegas, una holandesa y yo, con el nivel de inglés aún en el subconsciente, no en la lengua ni en el oído. Por lo que y yo que era media yo, ya que me pasé casi todo el día callada y sonriendo y asintiendo o intercambiando alguna palabrita en castellano con el señor de la barca y mirando el paisaje y sacando fotos y pensando vaya suerte que tengo de haber viajado al paraíso estando viva, así lo puedo contar. 
Nos llevaron por Boca Torito, allá en mitad del océano saltaban sonrientes delfines, reconozco que nunca había visto algo así y aunque era de bien lejos se les veía sonreir en libertad y brillar como verdaderas estrellas de parque acuático. Fuimos hasta Cayo Crawl (o Cayo Coral) y allí experimenté el mejor snorkel que hasta ahora he hecho en mi vida, bajo el agua cristalina se me presentaron esos arrecifes de impresionantes tonos morados, rojos, amarillos, verdes, de formas imposibles, albergando erizos, peces plateados que a la luz del sol eran azules, negros zainos, peces de color de abeja, que cuando alcé la cabeza hacia el barco ya todos mis compañeros de viaje estaban arriba esperando a que terminase. Al son del glupglupglup perdí la noción del tiempo, y es que ¡uy! me encontraba mejor que a ras de embarcación en ese reino submarino mecida y arrullada por el mar. Desde esa experiencia de burbujas y de colores, de silencio y de armonía acuosa decidí que si algún día me he de reencarnar en algún animal voy a tratar de ser pez o almeja o erizo, o quizá estrella. Pero bueno quien sabe, igual me toca ser mosca y sólo duro tres días o tengo una vida de mierda.

Ya después de comer en un restaurantito de madera enclavado entre la vegetación y el mar nos fuimos lancheando para Cayo Zapatillas, un islote de playas de arena blanca, agua azul turquesa y palmeras de postal de viaje de luna de miel. El sol fuerte reverberaba en la claridad de todo, calentando el agua y sobreexponiendo toda la imagen que de ese lugar de ensueño en la retina y en la cámara me guardé. Y fue pasando la tarde paseo arriba paseo abajo, baños, hablando poco, riendo, asintiendo yesyesyes, fotos cheeeeeeese. Me tumbo, duermo en la arena, me duele la espalda, ¡claro que me quemo! no hay setenta que se resista a ese sol del infierno (perdón, del paraíso).



Salvaje, irresistible y bella también me resultó la playa de Red Frog, aunque debo haber sido la única intrusa que no vio las ranas rojas que le dan nombre. Lo que sí encontré de camino al mar fueron lentos perezosos desplazándose por las ramas de altísimos árboles. Naturaleza verde, azul y amarilla. A Red Frog hay que ir en lancha, el paseo también es hermoso. Sólo hay un restaurante de madera que violenta suavecito ese paisaje, en realidad no se puede más pedir. 



Recomiendo en la misma Isla Bastimentos la visita al pueblito, tranquilo y pequeño, de casas multicolores sobre el mar. Ahí se puede adivinar cómo sería la vida cotidiana en el archipiélago de no existir el turismo. Hombres arreglando embarcaciones en los espigones de madera, multitud de chiquillería negra dando alegría a las calles, señores acartonados sentados en las puertas de sus casas, jovencitas ensoñadas meciéndose en hamacas, olor a fritanga, a frijol y a patacón. Flores, vegetación, todo mezclado con la ropa tendida, muchas prendas de niño pequeño, vida que se recicla, alguna tienda de comestibles, publicidad de Claro (compañía telefónica) pintada en alguna pared. Algún hostel, camuflado. 



Desde el mismo pueblo que en realidad es una calle paralela al mar  por la que puede transitar a lo sumo una motocicleta, se puede subir a Up on the hill, una granja orgánica en lo alto de una colina, cuyo paseo selvático resulta húmedo, verde y agradable. Pequeños placeres de la vida, un zumo de guanábana y una empanada de chaya después de haber hecho la caminata de media hora me devolvieron la energía que se me había ido en sudor. Ya de ahí se puede caminar hasta playa Wizard, cosa que no hice porque un ratito antes de subir hasta la cima cayó un chaparrón caliente de mil demonios (de los del paraíso) y el camino se anegó.






 
Isla Colón, Punta Coral y Starfish Beach (Playa de las Estrellas)
Y para terminar con Bocas, algo que no haría nunca, hay que cruzar Isla Colón de punta a punta por la única carretera que existe. Se puede hacer en bicicleta pero el calor, las cuestas y la humedad no dan tregua. En el pueblo se agarra (que no se coge) un bus que en veinte minutos transporta al otro lado del edén. Una playa paradisíaca con dos casas, prometo dos, conforman Punta Coral. Tras una caminata entre palmeras y aguas claras se llega a una playa donde los ritmos de la bachata, salsa y reggaeton hacen estallar los tímpanos, es la Playa de las Estrellas, o Starfish como anglosajonamente todos le llaman. Lo primero que veo al llegar es a dos niños sujetando en el aire una hermosa y naranja estrella de mar, camino un poco más y me horrorizo a la vez que me maravillo. No sé si a las estrellas molesta el ruido igual que a mí, pero además de la música estridente multitud de botes arriban y salen de la orilla, llevando y trayendo a turistas perezosos que no quieren hacer la caminata desde Punta Coral. Me voy al agua y lo entiendo todo, algunas estrellas en la orilla regalan chispazos anaranjados al mar cuando los rayos de sol impactan en el agua, pero al nadar hacia el escalón donde comienza el mar profundo y oscuro descubro multitud de estrellas agazapadas en la pendiente. Buscan paz, tranquilidad. Con mi snorkel y flotando como un velero, como el sueño va sobre el tiempo que diría Camarón, me paso gran parte del día allí con ellas.